En la publicidad japonesa de los años 50 se otorgaba primacía al color y a las materias con las cuales se plasmaban las obras. Formas abstractas, colores suaves… En definitiva, una manera diferente de hacer publicidad. Los carteles estaban inundados de imagen y escaso texto.
El texto, casi inexistente, quedaba en segundo plano para dar protagonismo a todo tipo de siluetas ilógicas y realmente extrañas. Publicidad vestida de arte y profesionalidad que, cuanto más era observada, más llegaba al interior de la gente… y así hasta nuestros días.



















