Anunciantes El impuesto británico a las bebidas con azúcar: ¿un triunfo de los lobbistas?

demonio tasmania beber 2 bebidasHace unos meses la OMS ya advirtió que estaba pensando en cobrar un impuesto extra a las compañías fabricantes de productos con exceso de azúcar y calorías y en establecer reglamentos que limitaran la publicidad de estos artículos como medida de lucha contra la obesidad infantil, que en las últimas décadas no ha hecho más que aumentar.

Pero finalmente el Gobierno británico se le ha adelantado y ha establecido que, a partir de 2018, los fabricantes de bebidas que tengan más de 8 gramos de azúcar –o más de 5 gramos por cada 100 mililitros- deberán hacer frente a un cargo adicional, el denominado “impuesto del azúcar”.

Aunque no es el primer país que cuenta con una normativa así –Italia, Francia o México poseen una legislación similar- lo cierto es que no parece que sea una medida justa porque ¿qué pasa con las hamburguesas, las patatas fritas o el chocolate? ¿No son estos productos culpables de la obesidad infantil? ¿Los niños pueden comer la cantidad que quieran de estos alimentos porque no suponen un riesgo para salud?

Quizás George Osborne, secretario del Tesoro del Gobierno británico que ha anunciado el "impuesto del azúcar", ahora puede dormir tranquilo pensando que el problema de la obesidad infantil se va a resolver gracias a esto. Pero nada más lejos de la realidad, ya que la medida tan solo es una cortina de humo, y para muchos, supone un triunfo de los lobbies.

Es cierto que con esta medida las escuelas británicas se beneficiarán de la recaudación, que el Gobierno estima que sea de unos 520 millones de libras (660 millones de euros) anuales y se destinarán a la promoción del deporte en las aulas, así como que la lucha contra la obesidad, ya sea infantil o adulta, beneficia a todo el país.

En un mundo dominado por dispositivos que nos roban más y más tiempo, en el que tanto las personas como los sucesos ocurren a una incipiente velocidad, y en el que hay una creciente oferta en todas las categorías de consumo, el deporte y la quema de calorías parece ser algo que cada vez escogen menos usuarios.

Las cifras son escalofriantes: en Reino Unido, alrededor del 10% de los niños de entre cuatro y cinco años de edad, el 19% de los de 10 años y el 25% de los adultos son obesos. Esto le supone al Estado un gasto de 5.100 millones de libras anuales en enfermedades relacionadas con la obesidad, frente a los 3.900 millones de libras que invierten en enfermedades relacionadas con el tabaco, con una tasa de fumadores del 13%.

Pero entonces, ¿por qué no invertir en la enseñanza de los conceptos básicos de la nutrición y la salud en las escuelas? Lo contrario implica dejar a todos con un déficit de educación crítico, impidiendo que seamos capaces de tomar decisiones inteligentes sobre el consumo de alimentos. ¿Queda en manos de los padres instruir a sus vástagos sobre la importancia de comer de forma equilibrada y de no exceder la ingesta de calorías diarias recomendadas?

Por tanto, se trata de una solución demasiado simple. De hecho, la mayoría de los fabricantes de bebidas carbonatadas ya cuentan con versiones de bebidas menos azucaradas, y ya se comprometieron a reducir progresivamente el contenido de azúcar del resto alrededor en un 14% en los próximos tres años sin azúcar y de un 20% para el año 2020.

¿Realmente un tema tan complejo como la alta tasa de obesidad puede solucionarse de una forma tan simple que permita ignorar la necesidad urgente de educar a la población sobre su nutrición personal? Los más críticos apuntan a que se trata de un claro caso en el que la conveniencia política ha triunfado frente a la ciencia. Lo contrario, sería confiar en que, por una vez, los representantes políticos no están trivializando sobre este grave problema de salud mundial.

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