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La ropa 'hortera' rubricada por marcas de alimentación, ¿una moda al alza?

La arrebatada (y hortera) pasión por la moda de marcas como Lay's o Dunkin'

Las marcas de alimentación ya no se contentan con ponernos los dientes largos con sus exquisitas viandas para llenarnos (e inflarnos hasta el infinito y más allá) la barriga. También quiere vestirnos.

Lay's ropaLas marcas de alimentación ya no se contentan con llenarnos (e inflarnos hasta el infinito y más allá) la barriga. También quiere vestirnos. Que se lo digan, si no, a Frito-Lay’s, que hace poco se descolgaba al otro lado del charco con una delirante colección de prendas (a cuál más hortera) para marcas como Lay’s, Doritos o Cheetos.

Frito-Lay’s no es, de todos modos, la única marca de alimentación que se lanza a la pasarela. La tendencia de amalgamar ropa y comida lleva en realidad bastante tiempo entre nosotros.

Allá por 2017 Taco Bell unió fuerzas con Forever 21 para lanzar una colección limitada de ropa. Y KFC ha sellado acuerdos de colaboración con múltiples firmas de moda en los últimos años, desde la marca de zapatos Crocs a la marca de «streetwear» Human Made.

También McDonald’s lanzaba el año pasado una línea de ropa especialmente pensada para estar en casa (y eso que por aquel entonces el coronavirus no se había abierto aún paso en nuestras vidas).

Y hace solo unos días Dunkin’ nos sorprendía con una tienda online de «merchandising» donde pueden comprarse albornoces, pantalones de chándal o sudaderas.

Lidl y Aldi se sumaban igualmente hace unos meses a la fiebre por la moda. Y parece que la tendencia no da síntoma alguno de decaimiento.

Si la moda alumbrada por KFC, Burger King y compañía la puede llevar todo el mundo, ¿no es también menos apetitosa?

Pero, ¿qué aportan realmente la moda a McDonald’s, Lidl y compañía? Puede que sus prendas no reciban jamás la aquiescencia y admiración de Anna Wintour, pero constituyen «un guiño a todos aquellos consumidores que no le hacen ascos a las bromas parcialmente benignas», explica Duke Greenhill, presidente de publicidad y diseño gráfico del Savannah College of Art and Design, en declaraciones al Wall Street Journal.

En los años 90 las prendas (bastante más exclusivas que ahora) con los logos estampados de marcas como KFC o Popeyes ponían de alguna manera en la picota (aunque de manera sutil) la mercantilización de la contracultura (o simplemente era divertido dejarse ver en público con sudaderas de marcas como Burger King o Subway).

Sin embargo, casi 30 años después los guiños más o menos cómicos que llevaba aparejados la ropa rubricada por marcas de alimentación tienden inevitablemente a diluirse como un azucarillo y a ser mucho menos sabrosos, explica Jeff Beer en un artículo para Fast Company.

Hubo un tiempo en era divertido calzarse unos Crocs de KFC, pero que todo el mundo lo haga no es ni divertido ni mucho menos «cool».

La clave está en la novedad. Cuando un chándal de edición limitada de Dunkin’ está a disposición de solo unos pocos privilegiados (y de algún modo también rebeldes), todo el mundo desea enfundarse la prenda de marras. Cuando cualquiera puede comprarla, el factor «wow» inicial está condenado a irse por el sumidero.

Quizás estamos tan empapados de los mensajes de marketing de McDonald’s, Burger King y compañía que nos sentimos realmente cómodos vistiendo su ropa, esa que otrora era síntoma de audacia y nos hacía destacar entre la multitud (aunque no necesariamente para bien).

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