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AnunciantesEl "metaverso" alberga en sus entrañas múltiples posibilidades para las marcas

Por qué las marcas deben surfear la ola del "metaverso"

Las marcas y el "metaverso": o se conectan a esta nueva dimensión o mueren electrocutadas

Esther Lastra

Escrito por Esther Lastra

Las marcas harían bien en ser raudas y veloces a la hora de tirarse a la piscina del "metaverso" si no quieren quedarse rezagadas con respecto a la competencia.

El «metaverso» que no se despega de los labios de Mark Zuckerberg y al que el fundador de Facebook fía el futuro de su propia compañía (rebautizada para la ocasión como Meta) promete erigirse en la próxima frontera digital (que condenará probablemente al ostracismo a todos aquellos que se resistan a cruzarla).

En el «metaverso» imaginado por Zuckerberg mundos digitales y mundos físicos se amalgamarán sin fisuras en una nueva dimensión. No en vano, «meta» significa en griego «más allá» y el «metaverso» pretende ir más allá de la red de redes tal y como hoy la conocemos.

El «metaverso» propugnado por la empresa otrora conocida como Facebook hará posible que las experiencias online se fundan con el mundo real. Y tales experiencias serán enriquecidas con proyecciones virtuales y tridimensionales. ¿El objetivo? Zambullirnos en experiencias inmersivas y tener oportunidad de interactuar con otras personas casi como en el mundo real.

Citado por primera vez allá por 1992 en la novela Snow Crash de Neal Stephenson y resucitado más tarde por el libro Ready Player One de Ernest Cline, el concepto de «metaverso» alude a un universo digital que existe más allá de mundo físico en el que moramos los seres humanos.

Cuando hablamos de «metaverso», nos referimos a una larguísima retahíla de experiencias virtuales que van desde la realidad aumentada hasta la inmersión en mundos completamente virtuales.

¿Es el «metaverso» una evolución de internet móvil?

El capitalista de riego Matthew Ball describe el «metaverso» como una suerte de sucesor de internet móvil que será el marco para una vida extraordinariamente conectada (quizás abracadabrantemente conectada). Ball augura en todo caso que la frontera entre la era anterior al «metaverso» y la era posterior al «metaverso» será más bien difusa.

Todo apunta a que el «metaverso» evolucionará lentamente sin que seamos casi conscientes de sus avances y no seamos ya capaces de distinguir entre la realidad física y la realidad virtual (con sus propias ofertas, sus propios avatares y hasta sus propias monedas).

Plataformas de videojuegos como Roblox o Fortnite evocan ya el espíritu de ese «metaverso» en el que Facebook aspira a ser pionero sin serlo necesariamente. En la plataforma de realidad virtual 3D Decentraland es posible, por ejemplo, asistir a conciertos, visitar exposiciones y jugar en el casino. La casa de subastas Sotheby’s ha adquirido un solar en el distrito consagrado a las artes de Decentraland para levantar alí una réplica de su galería londinense. Y hace poco tuvo lugar en esta galería virtual la primera exposición con NFTs, tal y como recoge Horizont.

Sotheby’s no es la única marca que ha caído rendida a los encantos de Decentraland y en julio de 2021 Republic Realm, que se define a sí misma como una inmobiliaria digital, adquirió un espacio NFT integrado por 259 parcelas que le costó 1,2 millones de la criptomoneda MANA (alrededor de 900.000 dólares).

Los fundadores de Decentraland aseguran que su plan ha sido siempre que los usuarios que se adentren en su plataforma puedan diseñar aquello que deseen en un mundo tan descentralizado como virtual (y divergente, por consiguiente, de la propuesta de Meta, que apostará por experiencias de naturaleza centralizada en las que la compañía tendrá por supuesto la última palabra).

Meta aspira, al fin y al cabo, a desarrollar una suerte de estándar para todos los entornos virtuales. Y si la compañía se hace realmente dueña y señora de ese estándar, podrá fijar los precios de la tierra (digital), vender solares a las marcas para establecer en el «metaverso» sus propias tiendas, cobrarles comisiones por las ventas e introducir su propia criptomoneda para realizar pagos.

Las marcas que surfeen tarde y mal la ola del «metaverso» podrían pagarlo muy caro

En el futuro podremos pasearnos por Meta, celebrar fiestas en Meta y comprar propiedades inmobiliarias en Meta. Todas y cada una de las actividades presentes en el mundo real tendrán una réplica en el «metaverso». Es más que evidente que las oportunidades son enormes. Y que Facebook se haya rebautizado como Meta no obedece tanto a un cambio puramente cosmético o una maniobra distractora como a la voluntad de Zuckerberg de convertirse en inventor y, por ende, también en legislador de esa nueva red de redes que asoma ya en el horizonte.

De acuerdo con The New York Times, Meta estaría pensando ya en abrir sus propias tiendas físicas para familiarizar a los usuarios con su «metaverso» y venderles los cascos de realidad virtual necesarios para desembarcar allí (rizando así el rizo y dando el salto del mundo digital al mundo físico para regresar de nuevo a sus orígenes digitales).

En este nuevo contexto las marcas harían bien en ser raudas y veloces a la hora de tirarse a la piscina del «metaverso» si después no quieren pagar allí a precio de oro sus propios espacios virtuales y quedar rezagadas con respecto a la competencia.

Si no quieren morir arrolladas por el tren del «metaverso», las marcas deben comenzar a experimentar ya con experiencias inmersivas directamente emparentadas con sus productos y servicios. Es lo que lleva haciendo IKEA desde hace tiempo con su app para probar de manera virtual sus muebles en el domicilio del usuario. También estrellas de la música están celebrando ya conciertos virtuales en Fortnight y Roblox. Y empresas como Patagonia podrían valerse del «metaverso» para animar a la gente a vivir virtualmente la experiencia (aparentemente irrepetible) de subir una montaña.

El «metaverso» brindará a las marcas la oportunidad de conectar de manera extraordinariamente genuina con sus clientes. Y la cuestión no es tanto si merece o no la pena hincar el diente a ese «metaverso» como cuántos «metaversos» habrá y quiénes serán sus «padres» (al margen de Facebook).

 

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