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AnunciantesImagen de la serie documental de Netflix "Pepsi, ¿dónde está mi avión?"

"Pepsi, ¿dónde está mi avión?": la mentira más embarazosa de Pepsi

"Pepsi, ¿dónde está mi avión?" o cómo una gran marca casi se estrella por una "mentirijilla"

Esther Lastra

Escrito por Esther Lastra

La docuserie de Netflix Pepsi, ¿dónde está mi avión? ilustra las consecuencias de las promociones (preñadas de mentiras) que emprenden a veces las marcas.

A menudo, y a fin de lograr la atención (invariablemente escurridiza) del consumidor, las marcas recurren a «megasorteos» y promociones donde están en juego premios extraordinariamente suculentos y suficientemente tentadores como para elegir un producto (y no otro) en los abarrotados lineales de los supermercados. Es cierto, no obstante, que muchos de esos «megasorteos» tienen trampa y que para echar el guante a algún premio (incluso a los que son a bote pronto de menor categoría) hay que acumular una cantidad indecente de puntos y realizar una inversión tan grande de dinero que la mayor de los consumidores no se toma demasiado en serio tales promociones (o termina desistiendo tarde o temprano). Pero, ¿qué sucedería si a una persona se le metiera entre ceja y ceja que quiere ganar un premio y pusiera en gravísimos aprietos a la marca que (supuestamente) lo entrega? Esta es la pregunta que plantea la serie documental Pepsi, ¿dónde está mi avión?, que vio la luz en Netflix el pasado 17 de noviembre.

Los sorteos orquestados por las marcas (grandes y pequeñas) son absolutamente ubicuos, pero ¿acaso alguna vez se tiene noticia de quien se ha proclamado ganador en tales sorteos? Si nos paramos a pensar detenidamente en esta pregunta, es probable que no conozcamos a nadie que haya hincado de verdad el diente a los valiosos premios que están en juego en este tipo de promociones.

En torno a tales sorteos y promociones (que echan a veces anclas en premisas totalmente falsas) pivota precisamente la delirante docuserie de Netflix Pepsi, ¿dónde está mi avión? Allá por los años 90 Coca-Cola y Pepsi andaban enfangados en la denominada «guerra de los refrescos de cola», que fue extraordinariamente cruenta al otro lado del charco y utilizó como artillería pesada anuncios, patrocinios y también concursos.

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Precisamente en este contexto, donde la tensión se cortaba con un cuchillo, Pepsi se sacaba de la chistera allá por 1996 los denominados Pepsi Points al otro lado del charco. Por la compra de los productos de la célebre marca de bebidas refrescantes, los clientes eran agasajados con puntos que podían ser canjeados por premios. Y el «premio gordo» era un avión de combate Harrier al cual podría subirse supuestamente a bordo quien coleccionara la friolera de siete millones de puntos.

Que el «premio gordo» del concurso fuera un avión de combate era a todas luces una broma que pergeñaron al alimón Pepsi y su agencia de publicidad. Sin embargo, John Leonard, un estudiante de Seattle, quiso retar a la filial de PepsiCo y descubrió que no tenía que comprar suficientes latas de Pepsi para ganar el avión de combate (lo cual le habría costado nada más y nada menos que 4,5 millones de euros) sino que podía simplemente comprar los puntos requeridos para obtener la aeronave por 700.000 dólares.

Una auténtica batalla de David contra Goliat

Lo que hizo el estudiante fue aprovechar la letra pequeña de la promoción de Pepsi (que en este caso jugaba a su favor). Para no frustrar en exceso a sus fans y que no se quedaron compuestos y sin premio a falta de solo unos pocos puntos, Pepsi especificó en su promoción a que a partir de los 15 puntos el cliente podría obtener los puntos restantes a razón de 10 centavos cada punto.

Leonard hizo entonces los cálculos y determinó que necesitaba tan solo 15 puntos y 700.000 dólares para ganar un avión de combate cuyo precio de mercado estaba claramente por encima de los 30 millones de dólares.

El estudiante movió entonces sus contactos financieros y logró 700.000 dólares por parte de cinco inversores distintos. Con el dinero ya en el bolsillo, Leonard envió una misiva a Pepsi en la que incluyó 15 puntos y un cheque por valor de 700.008,50 dólares y conminó amablemente a la compañía a entregarle el avión de combate.

La respuesta por parte de Pepsi no se hizo de rogar. Y la marca hizo saber a Leonard que el avión de combate anunciado en la promoción era solo un «gag» publicitario y que, por lo tanto, no le haría llegar lamentablemente ninguna aeronave. Leonard no se quedó, no obstante, conforme con la respuesta de la multinacional, contrató un equipo legal y decidió embarcarse en los tribunales en una batalla de David contra Goliat contra Pepsi.

Aunque la opinión pública se posicionó lógicamente a favor de Leonard, la ley se puso finalmente de parte de Pepsi y la jueza Kimba Maureen Woo estimó que un anuncio no suponía un contrato vinculante y por escrito y que, por tanto, no existía la posibilidad de romperlo. La magistrada argumentó asimismo en su dictamen que «ninguna persona razonable» podía dar por válida una promoción con un precio de 700.000 dólares para un producto que valía decenas de millones.

Narrada de una manera tan ligera como divertida (perfectamente alineada con la naturaleza rocambolesca de la historia), la serie documental Pepsi, ¿dónde está mi avión? es una lección para las marcas a las que se les van de las manos las «mentirijillas» en sus campañas de publicidad.

 

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