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El enojo de los consumidores con Volkswagen tiene fecha de caducidad

Por qué la (perecedera) ira que provocan Volkswagen y sus desmanes es de usar y tirar

volkswagenMedios de comunicación procedentes de todo el globo terráqueo se llenaban ayer de titulares que, aunque redactados utilizando infinitas combinaciones de palabras, venían a decir todos lo mismo: que la industria automovilística, con Volkswagen a la cabeza, estaba (de nuevo) en apuros.

Pero, ¿están de verdad Volkswagen y otros fabricantes de coches en apuros? Puede que sí, pero sólo temporalmente. La semana que viene, como muy tarde, la gente se tirará de los pelos por un asunto completamente diferente. Siempre ha sido así. La ira que supuran hoy medios y consumidores tiene (lamentablemente) fecha de caducidad.

Puede que sea una afirmación teñida de cinismo, pero es la conclusión que podemos extraer de los dos años y medio que han pasado desde saltara a la luz el “dieselgate”, el mismo que iba a dejar supuestamente exangüe a Volkswagen, explica Frank Zimmer en un artículo para W&V.

Volkswagen mintió y traicionó de manera deliberada la confianza de sus clientes y también de las autoridades. Sin embargo, y pese a que el infausto “dieselgate” hizo correr en su día ríos de tinta (y de cólera absolutamente desatada), la empresa germana parece haber salido indemne del escándalo. No en vano, en 2017 Volkswagen registró una cifra récord de ventas y despachó 10,74 millones de coches en todo el mundo, un 4,3% más que en 2016.

¿Alguien espera de verdad que Volkswagen, de nuevo en la picota por un escándalo que no es sino un epílogo del “dieselgate”, vaya de verdad a desangrarse? Volkswagen es una marca cuya reputación parece eternamente al resgardo de las balas (en forma de escándalos) que arrecian sobre ella gracias a una suerte de chaleco antibalas que la convierte en inmortal.

Las críticas que ametrallan actualmente la reputación de Volkswagen son repelidas por el sempiterno chaleco antibalas de la compañía porque son terriblemente superficiales e hipócritas, denuncia Zimmer.

Para el Gobierno alemán es relativamente fácil llevarse las manos a la cabeza y denunciar la absoluta falta de ética de Volkswagen y otras empresas patrias en el caso de los experimentos con monos y seres humanos. Más agotador resulta mirar con lupa la investigación iniciada en su día por el Bundestag sobre el “dieselgate”, una investigación que ya apuntaba a los tests de emisiones con animales y que ningún diputado se tomó, sin embargo, la molestia de analizar en profundidad.

Cabe recordar, por otra parte, que los deplorables experimentos con seres humanos llevados a cabo por Volkswagen, Daimler y BMW no tuvieron lugar en ningún garaje clandestino sino en la Clínica Universitaria de Aquisgrán, un lugar que no debería estar a priori exento de consideraciones éticas y legales (las emanadas del propio Ejecutivo alemán).

Está claro que los políticos (algunos al menos) prefirieron mirar hacia otro lado en el “dieselgate”. Pero, ¿qué hay de los consumidores? ¿Nos interesa realmente saber qué se esconde detrás de la tapicería de piel de nuestro flamante automóvil o de los McNuggets que estamos a punto de meternos entre pecho y espalda? Probablemente no.

Nuestra acendrada inconsecuencia como como consumidores no hace mejores a Volkswagen y otros fabricantes automovilísticos. Pero cuando ante escándalos como el “dieselgate” el enojo moralista se metamorfosea una ritualizada (y caduca) emoción del momento, el consumidor no puede quejarse de que le tachen, con razón, de cínico, concluye Zimmer.

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