Aun siendo un personaje que despierta indudablemente más simpatías que antipatías, Bad Bunny tuvo que bregar ayer en el «show» de medio tiempo de la Super Bowl con la alargada (y negrísima) sombra del bronco conflicto cultural y político que se abate actualmente sobre Estados Unidos (y que parecía abocado a bote pronto a deslustrar una actuación absolutamente histórica).
El artista puertorriqueño supo zafarse, no obstante, de las múltiples controversias que revolotearon ayer en torno a su «show» de medio tiempo en la Super Bowl con una actuación en la que sin mirar de soslayo el conflicto actualmente en curso en Estados Unidos no cayó, sin embargo, en la confrontación directa (como quizás hubieran esperado sus detractores).
En un país profundamente polarizado debido a las violentas redadas del ICE (dirigidas principalmente contra la comunidad latina) y el feroz discurso antiimigración de Donald Trump la NFL decidía ayer dar visibilidad a un artista que a ojos de la Casa Blanca está adscrito a una pequeña «minoría», pero que paradójicamente se ha erigido en «mainstream» en una nación que es, al fin y al cabo, profundamente diversa (aunque sus gobernantes se empeñen en pisotear una diversidad que ha estado siempre fuertemente arraigada en el ADN de Estados Unidos).
Una actuación alejada de la confrontación y anclada en la empatía
La elección de Bad Bunny para actual en el «show» de medio tiempo de la Super Bowl no fue en modo casual y fruto de un mero capricho por parte de la NFL. El puertorriqueño es, al fin y al cabo, un fenómeno musical de hechuras globales a quien el hecho de cantar en español (un idioma que hablan, por cierto, 57 millones de personas en Estados Unidos) no le ha impedido ser el artista más escuchado en Spotify en 2025 y convertirse hace solo una semana en el acreedor del Grammy al mejor álbum del año.
Bad Bunny es además un icono publicitario de primer nivel (el año pasado protagonizó, por ejemplo, una cacareada campaña para Calvin Klein que se hizo viral de manera casi instantánea en la red de redes) y tiene todo el sentido del mundo que la NFL, ávida como otras marcas de relevancia cultural en un entorno crecientemente fragmentado, haya decidido posar sus ojos en él.
La elección del cantante puertorriqueño para actuar en el «show» de medio tiempo de la Super Bowl fue asaeteada en su día a críticas por los sectores más conservadores en Estados Unidos, a quienes les sentó a cuerno quemado que en tan magno acontecimiento deportivo se cediera todos los focos a un artista hispanohablante. El presidente Donald Trump tildó, no en vano, la elección de Bad Bunny de «terrible decisión» y tras cancelar su asistencia al evento, ayer volvía arremeter duramente contra el cantante desde las redes sociales, donde calificó su actuación de «una de las peores de la historia».
El bronco contexto del que vino precedido el «show» de medio tiempo de Bad Bunny en la Super Bowl hizo prever que la actuación del artista fuera abiertamente política y provocadora. Al fin y al cabo, el puertorriqueño nunca se ha mordido la lengua a la hora de criticar a Trump, ha defendido siempre con vehemencia los derechos de los latinos y de la comunidad LGBTQ+ y ha decidido incluso no actuar en Estados Unidos para evitar que sus conciertos en suelo estadounidense fueran utilizados por el ICE para detener a inmigrantes.
En medio de la polarización reinante la marcas pueden defender sus valores sin caer en la confrontación
Sin embargo, contra todo pronóstico la actuación de Bad Bunny en la final de la NFL huyó en todo momento de la confrontación directa para cobijarse bajo una puesta en escena en la primaron la empatía, la celebración cultural y la humanidad compartida (esa que es capaz de derribar cualquier atisbo de diferencia). Apoyándose en escenas de la vida cotidiana en Puerto Rico (con trabajadores del campo, boxeadores, salones de manicura y puestos de comida callejera como protagonistas), Bad Bunny rindió tributo anoche a Puerto Rico natal (y también a todos los países que conforman el continente americano) para dejar claro que la diversidad de identidades, generaciones y orientaciones sexuales hacen definitivamente mejor al género humano y los territorios en los que este se asienta.
Aunque hubo referencias sutiles a la crispación política actualmente reinante en Estados Unidos (como la escena de un niño viendo los Grammy en la televisión que algunos interpretaron como un guiño a la detección hace algunas semanas de un menor de cinco años por parte del ICE), el mensaje no fue nunca ni explícito ni confrontacional, sino deliberadamente conciliador (con el ánimo de buscar aquello que une a las personas en un maremágnum de diferencias).
En el «show» de medio tiempo de la Super Bowl Bad Bunny reafirmó con claridad sus valores (anclados en la defensa de los derechos humanos, de la diversidad y de la identidad latina), pero sin caer en ningún momento en la confrontación directa, logrando así desarmar a los críticos y amplificando el alcance de su mensaje más allá de su «target» natural.
El enfoque elegido ayer por Bad Bunny en el «show» de medio tiempo de la Super Bowl esconde grandes lecciones no solo para otros artistas sino también para las marcas, que en un entorno fuertemente polarizado pueden perfectamente defender sus valores sin caer en la confrontación y abrazando en su lugar la empatía y todo aquello que une al género humano (que es mucho más que lo que puede eventualmente separarle).





