Si hay una marca adscrita al universo del deporte que parece permanentemente al borde del colapso, esa es el indudablemente la FIFA, lo cual resulta inevitablemente preocupante habida cuenta de que hablamos, al fin y al cabo, del máximo órgano rector mundial del fútbol, el que se ufana de ser el deporte rey.
Desde que arrancara la última Copa Mundial de la FIFA el pasado mes de junio en Estados Unidos, México y Canadá, el torneo ha encadenado una polémica tras otra (en buena medida por culpa de su presidente Gianni Infantino).
Que la FIFA y su máximo responsable estén en el ojo del huracán no es en todo caso nada nuevo. Hace cuatro años, cuando el Mundial de Fútbol se celebró en Catar, la reputada competición ya fue confrontada por feroces críticas. A la FIFA y su presidente muchos les afearon que quisieran blanquear de un país que pisoteaba sistemáticamente los derechos humanos (y que habría vulnerado igualmente los derechos laborales de los trabajadores involucrados en la construcción de las sedes del torneo).
La última Copa Mundial de la FIFA ha sido pródiga en polémicas
Sin embargo, y pese a que los dos últimos mundiales han tenido que bregar con las críticas, la situación es ahora para la FIFA notablemente más desfavorable que hace dos años. Cuando hace cuatro años se celebró la final del Mundial entre Argentina y Francia (en la que la selección albiceleste se impuso finalmente en los penaltis sobre el combinado nacional galo), las críticas dirigidas contra la FIFA comenzaron a languidecer poco a poco, algo que no ha sucedido, no obstante, en la última Copa Mundial de la FIFA, señala Michael Brandtner en un artículo para Horizont.
El máximo órgano rector del fútbol ha seguido acaparando titulares negativos en los medios de comunicación una vez finalizado el último Mundial porque el hecho de que Infantino se aviniera a retirar una tarjeta roja a un jugador de la selección estadounidense a petición del presidente Donald Trump es una anomalía difícilmente olvidable y también porque la semana pasada la FIFA volvía a reavivar la polémica tras conocerse la intención de su presidente de privatizar la Copa Mundial de la FIFA (un plan que ha sido finalmente desechado ante las numerosas amenazas de boicot que se cernían sobre esta institución).
Cuanto más abstracta es la naturaleza de una crisis en la manera en que ésta se presenta en los medios de comunicación, más posibilidades hay que de que la crisis en cuestión no deje huella en la memoria colectiva a largo plazo. Sin embargo, este no es precisamente el caso de la FIFA y su última crisis de imagen. El hecho de que Gianni Infantino osara retirar la tarjeta roja al jugador estadounidense Folarin Balogun después de que Trump le conminara a revisar la decisión (aparentemente firme) que había tomado previamente el árbitro sobre el césped ha sido algo tan inaudito que el incidente va a ser difícilmente relegado al olvido por los aficionados al balompié. Incluso Joseph Blatter, expresidente de la FIFA, cargaba duramente en X contra la decisión de Infantino de retirar la tarjeta roja a Balogum. «El fútbol no debe nunca convertirse en un patio de recreo para el poder político», aseveraba Blatter.
Por otra parte, y si ya el último Mundial fue ferozmente criticado por su comercialización extrema (particularmente vilipendiadas fueron, por ejemplo, las pausas de hidratación, que no fueron sino una excusa para vender más espacios publicitarios durante el torneo), cuando había transcurrido apenas una semana de la final entre España y Argentina, emergieron a la superficie los planes de Infantino para privatizar la Copa Mundial de la FIFA a través de una nueva sociedad bautizada con el nombre de FIFA Forward Enterprise (FFE) y liderada por la firma de inversión Thrive Eternal.
La marca FIFA haría bien en cortar amarras (cuanto antes) con la marca Gianni Infantino
Como era de esperar, los planes de Infantino fueron asaeteados a críticas, en particular por el órgano rector del fútbol en Europa, la UEFA, que se opuso con contundencia a la privatización del Mundial y amenazó además con boicotear todos los torneos en los que estuviera involucrada la FIFA. Al motín se sumaron pronto otras federaciones internacionales. Y la críticas no hicieron sino intensificarse cuando salió a la luz que Thrive Eternal era subsidiaria de Thrive Capital, una compañía con el soporte de Joshua Kushner, que de manera en modo alguno casual es también el hermano de Jared Kushner, el yerno del presidente Donald Trump.
Ante las volcánicas críticas con las que fue confrontado el proyecto de Infantino, la FIFA decidía cancelar abruptamente el proyecto este fin de semana.
El desvergonzado afán de Infantino por sacar rédito comercial del Mundial le ha costado (metafóricamente al menos) una tarjeta rota que va a ser francamente difícil de olvidar. De hecho, y según apuntan algunos medios, la UEFA habría retirado definitivamente su confianza a Infantino y estaría ya moviendo los hilos para propiciar su dimisión. Una dimisión que, si finalmente se materializa, podría mutar en el símbolo de un nuevo inicio para la FIFA. Al fin y al cabo, los escándalos que han aleteado últimamente en torno a la FIFA han sido motivados sobre todo y ante todo por Infantino. Es no tanto la institución como su presidente quien se ha ganado (con todas las de la ley) la mala prensa. En este sentido, si el mundo del fútbol sacara finalmente tarjeta roja a Infantino, quizás la marca FIFA podría salvarse aún de un naufragio que tiene ya con el agua cuello a su presidente, concluye Brandtner.





