Medios

La lujosa vida de los editores de Condé Nast en el pasado

Las increíbles ventajas de ser editor jefe en Condé Nast que la crisis del papel ha dinamitado

En la época dorada de las revistas, los editores jefes de Condé Nast gozaban de unas increíbles ventajas que, ante la crisis del papel, ya se han olvidado.

Condé NastEntrega de flores a domicilio semanalmente, ropa cara, un conductor personal disponible veinticuatro horas al día y siete días a la semana o diamantes en préstamo eran algunos de los increíbles beneficios colaterales de ser editor jefe en algunas de las publicaciones de Condé Nast.

Así lo ha afirmado Kim France, editora fundadora de la revista Lucky. “Era como si tu vida entera cambiara hacia una dimensión completamente diferente”. En sus días de gloria, Condé Nast incluso llegó a conceder a sus editores principales préstamos hipotecarios a pagar en diez años. La propia France utilizó estos préstamos para adquirir una vivienda de cuatro pisos en Carroll Gardens, según el New York Post.

Pero todo lo bueno termina. Aunque todavía hay quien sigue manteniendo una vida llena de lujos, como Anna Wintour, editora jefa de Vogue, no es la regla general de la nueva etapa de la compañía.

De hecho, reciben un salario bastante inferior y ahora se mueven en la ciudad en Uber o, incluso, en metro. Por ejemplo, Radhika Jones, la nueva editora de Vanity Fair, tiene un salario de 500.000 dólares, mientras que su predecesor, Graydon Carter, ganaba 2 millones de dólares.

Estos radicales cambios son tan solo una señal más del cambio experimentado por la industria de la prensa impresa, teniendo que llevar algunos de sus títulos más venerables a lo digital. Según un informe de 2017 de la firma Magna, la inversión en publicidad en medios impresos caerá alrededor de un 13% este 2018.

Mientras la industria lucha por permanecer a flote, los publishers están teniendo que recortar los grandes nombres, los grandes salarios y los grandes extras. “Ahora, es algo mitológico”, señala Lesley Jane Seymour, que fue editor-in-chief de More desde 2008 hasta 2016 y, antes de eso, de Marie Claire.

Algo que parece que nunca va a volver pero, echando la vista atrás, no había industria con mayor glamour que las revistas impresas. “Todo el mundo de mi equipo recibía una tarjeta regalo de 100 dólares de Barney’s para Navidad”, señala France. “Cuando mis editores tenían bebés, les regalábamos un bolso de pañales de Marc Jacobs. Costaba fácilmente 500 dólares”.

En este mismo sentido, Brandon Holley, ex editor-in-chief de Lucky (desde 2010 hasta 2013), y senior editor en GQ, fue recibida un día por el editor-in-chief Art Cooper con un par de Manolo Blahnik y un bolso de Prada. Todo a cargo de Condé Nast. Todo por haber escrito algo bueno.

La generosidad de la empresa era aprovechada incluso de más. “Podías decir que ibas a ir a Londres a… mirar ropas y el estilo de la calle para inspirarte” y, básicamente, utilizarlo como unas vacaciones gratuitas. En cambio, había quien no aprovechaba las increíbles ventajas que ofrecía Condé Nast. “Siempre pagué por mi colada, pero probablemente podría no haberlo hecho. Cuando eras editor-in-chief, raramente se te cuestionaba”.

A día de hoy, quedan pocos editores de aquella época dorada. Tan solo Anna Wintour, Glenda Baniley de Harper’s Bazaar y David Remnick, del New Yorker. Algunos de los más influentes, como Linda Wells o Robbie Myers, han sido reemplazados por talento más joven (y más barato).

“Los publishers están contratando editores con mucha menos experiencia. Son niños de los que no se espera demasiado. Los publishers les ofrecen salarios bajos”, añade Seymour.

Para Holley, todas estas prebendas parecen ciertamente impresionantes, pero no se diferencian demasiado de las que disfrutan los grandes ejecutivos de las empresas. “No fuimos pequeños editores de moda… La mayoría de nosotros fuimos ejecutivos muy trabajadores en tacones verdaderamente altos”.

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