Medios de comunicación

El propósito, exigible tanto para las marcas como para los medios

Si las marcas se arrodillan frente al altar del propósito, ¿por qué los medios no lo hacen?

Si las marcas deben enarbolar necesariamente la bandera del propósito en los tiempos que corren, ¿por qué los medios siguen escurriendo el bulto?

propósitoDonald Trump no hubiera llegado probablemente a la Casa Blanca de no haber sido por sus estruendosos y descontrolados "trinos" en Twitter. Y no hubiera logrado tampoco apoltronarse en el Despacho Oval si medios pretendidamente serios no hubieran dada máxima difusión a sus vitriólicas peroratas (entreveradas de mentiras) desde el principio.

¿Acaso era necesario convertir en titular todo lo que Trump decía en Twitter antes de convertirse en presidente de Estados Unidos? En la era de los social media todos cargamos sobre los hombros con algún tipo de responsabilidad. A las marcas se les exige que se posicionen sobre todos los temas habidos y por haber. Pero, si las marcas deben enarbolar necesariamente la bandera del propósito en los tiempos que corren, ¿por qué los medios siguen escurriendo el bulto?, se pregunta Markus Weber en un artículo para W&V.

Hace unas semanas The New York Times se vio el ojo del huracán porque su jefe de opinión James Bennet (que más tarde dimitiría) permitió la publicación de un artículo en apoyo de Donald Trump sin ni siquiera haberlo leído antes. En el artículo de la discordia su autor, Tom Cotton, se declaraba a favor de uso de la fuerza militar para contener a los manifestantes en las protestas raciales en Estados Unidos.

Después de tan controvertido episodio algunos llegaron a asegurar que el periodismo neutral estaba definitivamente "demodé". Y quizás no sea necesario llegar tan lejos, pero sí es cierto que los medios deberían cuestionar más a menudo qué es importante y qué no lo es tanto en una era que parece inevitablemente a merced de la percepción totalmente subjetiva de la realidad. Esa es, al fin y al cabo, la esencia del periodismo, su verdadera razón de ser.

A ojos de Trump los hechos importan poco o nada. Y ese es precisamente el problema. Si los debates públicos pivotan única y exclusivamente en torno a los sentimientos, entonces la democracia está abocada a irse al garete. Así cimentan precisamente su poder los autócratas. "El populismo es la habilidad de hacer política sin hablar sobre el futuro. Se trata simplemente de hablar sobre los sentimientos del presente", asegura el historiador estadounidense Tymothy Snyder.

Si las marcas tiene propósito, los medios no deberían ir a la zaga

Ante esta preocupante realidad, ¿deberían conformarse los medios con ejercer de espectadores pasivos en tan execrable juego? ¿Deberían colocar un micrófono delante de cualquiera? Esto es precisamente lo que conduce a la uniformidad en los medios que tantísimo se critica en los tiempos que corren.

Algunos medios malinterpretan el concepto de imparcialidad al empeñarse en dar voz a todo el mundo (por mucho que lo que brota de sus cuerdas vocales no tenga en realidad sentido alguno).

El periodismo que no distingue entre lo superfluo y lo verdaderamente importante no es realidad periodismo. Este tipo de periodismo cae por su propio peso porque deja en la penumbra los hechos y no vale el dinero que cuesta.

Es más, el periodismo sin propósito es irresponsable porque da voz a los agitadores más deleznables en los momentos más inoportunos.

A los populistas de extrema derecha les encanta invocar a la libertad de expresión y están convencidos de que el odio (incluso el más acendrado) no deja de ser una opinión. Pero no, el odio no es una opinión.

Y la división de la sociedad, cada vez más polarizada, tampoco es un accidente. Es una maniobra perpetrada cuidadosamente por los enemigos de la democracia.

Rusia lleva invirtiendo desde hace años miles de millones de euros en la diseminación de "fake news" en torno a los temas más controvertidos (refugiados, coronavirus o vacunas) con el último objetivo de soliviantar los ánimos de los usuarios de las redes sociales.

El objetivo es invariablemente el mismo: que la gente muerda el anzuelo y se crea casi cualquier cosa, incluso rocambolescas teorías de la conspiración. ¿De verdad queremos eso?

Es urgente que los medios den una vuelta de tuerca al rol que de verdad desean desempeñar en tan cínico juego (incluso si ello les cuesta unos cuantos clics).

El periodismo no puede fingir que los bulos no son de su incumbencia. De lo contrario, su papel en calidad de cuarto poder terminará diluyéndose como un azucarillo. Y la existencia de ese cuarto poder tiene sentido única y exclusivamente en el seno de las sociedades democráticas, concluye Weber.

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