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Un hobby sólo para millonarios: comprar periódicos para no dejarlos morir e influir en sus contenidos

En Estados Unidos muchas empresas compran periódicos para influir en sus contenidos. En una era diferente, la toma de un periódico por parte de un empresario, con propósitos claramente políticos, habría desatado una tormenta entre los periodistas. Pero esos tiempos ya han quedado atrás. "Un moralismo tal es un lujo que ya no nos podemos permitir", escribe David Carr en el New York Times. Hoy en día, se debería estar contento de que alguien esté dispuesto a mantener un periódico con vida.

El magnate hotelero Doug Manchester nunca fue tímido cuando se trataba de perseguir sus intereses. Cuando le surgió la oportunidad de ganar en terreno edificable debido al traslado del aeropuerto de San Diego, dio millones para el trabajo de cabildeo, se resistió con cientos de miles de dólares a la legalización del matrimonio homosexual en California y donó generosas cantidades para la campaña de Mitt Romney.

En el futuro aún lo tendrá más fácil para conseguir sus propósitos, ya que hace poco adquirió el periódico más grande de San Diego, el Union Tribune (con una tirada de 200.000 ejemplares), por el que pagó 110 millones de dólares. Y no ha mantenido en secreto que tiene previsto inmiscuirse en los asuntos de la redacción: por ejemplo, la sección deportiva recibió la orden de apoyar la nueva construcción de un estadio y de calificar a todos los disidentes de "obstruccionistas".

Son especialmente los grandes periódicos regionales, como el San Diego Tribune, los que están amenazados de muerte en Estados Unidos. Aunque los grandes rotativos nacionales New York Times, Washington Post y USA Today están luchando, hasta ahora se mantienen; los pequeños diarios locales también tienen su círculo de clientes. Sin embargo, a los periódicos de regiones urbanas de tamaño medio les va bastante mal ya que ellos son los responsables de que el sector al completo sea la mitad de grande que hace siete años. La historia de estos periódicos, que una vez fueron la columna vertebral del sector de noticias estadounidense, es más o menos la misma en todos sitios. Fundados por honorables familias de editores, se unieron en conglomerados en los años 60 y 70, y con la crisis se disgregaron.

Periódicos de calidad como el San Diego Tribune o el Philadelphia Inquirer fueron adquiridos por fondos de inversión o inversores privados que pensaron que podrían parar la hemorragia mediante reducciones y comercializaciones agresivas, aunque muchos de ellos se dieron por vencidos. Así pues, gente como Manchester parece ser el último resquicio de esperanza para estos periódicos: los multimillonarios que, como hobby y muestra de prestigio, se pueden permitir un diario. “¿Se ha convertido esto en un tipo de fanfarronería?”, escribe David Carr. El más prominente de los nuevos dueños de rotativos es Warren Buffett, que compró su periódico local en Omaha por 200 millones. Sin embargo, en el caso de Buffett se pueden suponer motivaciones filantrópicas y razones puras, ya que él realmente quiere mantener con vida la producción de noticias en su ciudad natal.

En otras partes, esto no está tan claro. De esta manera, en el Philadelphia Inquirer, que en el pasado conseguía premios Pulitzer como churros, un consorcio de inversores con intereses fijos en la política municipal, entre los que se cuentan el exalcalde Edward Rendell, el magnate de seguros George Norcross y el empresario Lewis Katz, ha aprovechado la oportunidad. "El periódico se convertirá en su propia imprenta de Gutenberg", se quejó un antiguo redactor.

David Carr ve esto de forma más calmada. La idea de la independencia de la redacción es un descubrimiento relativamente nuevo en la historia de los periódicos estadounidenses. Antes de la Segunda Guerra Mundial, en la era de William Randolph Hearst, Robert McCormick y Joseph Pulitzer, la norma era que existiera la figura del "barón" del periódico que llevaba adelante sus intereses políticos y económicos con ayuda de la prensa escrita. Y ahora se vuelve de nuevo, justamente, a ese modelo.

La pregunta que surge de ahí es, sin duda, si es eso mejor que dejar morir a los periódicos. “Amo el periodismo y soy optimista, así que creo que esto es una evolución buena”, escribe Carr. Al fin y al cabo, la democracia estadounidense de los tiempos de Pulitzer no se ha arruinado.

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