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CHIP RFID: CADA YOGUR CUENTA

El chip RFID (chip de identificación por radiofrecuencia), podría ser el sucesor del universal código de barras, vista su total versatilidad para acompañar a cualquier producto. Mediante el registro de datos automático y sin necesidad de contacto, a través de ondas de radio, se puede controlar cualquier producto equipado con el denominado transponder o “etiqueta inteligente” (smart tag) a través de toda la cadena de proceso.

Gracias a un código especial se puede identificar cada producto, y esta identificación debería acelerar la logística, facilitar la gestión de los almacenes y proteger a la industria de marcas de la piratería y el robo. Pero además, el chip también puede disfrutar de múltiples aplicaciones en el marketing. La etiqueta inteligente puede evitar que se agoten los productos de forma imprevista, o acelerar procesos como el de caja. Por último, esta tecnología permitiría la introducción de medios electrónicos en el punto de venta, que posibilitarán la comunicación directa con el cliente durante el proceso de compra.

Así que algún día podría ser posible que todo fuera marcado con la etiqueta inteligente, y que los compradores sólo tuvieran que pasar por una puerta electrónica que escanearía el carrito de la compra y registraría todos los objetos adquiridos, cargando el pago en la tarjeta del cliente, y que se podría elaborar un perfil del comprador de cada producto con los datos recopilados en cada compra, aunque esto es algo que los defensores de esta tecnología, según dicen, no pretenden.

Sin embargo, la tecnología aún no se ha mostrado lo bastante estable. Por el momento, sólo se etiquetan palets, y la inclusión del chip en los envases y envoltorios aún no tendría sentido. En opinión de los expertos, la técnica aún no está madura y no se puede integrar en proporción 1/1 en la cadena de suministro. Otra limitación a la expansión de esta técnica es el coste, que ni la industria ni el sector comercial quieren asumir.

Así las cosas, el RFID ha supuesto la “gran espera” del año: Muchas empresas han dejado su implantación en pausa, aparecen voces disonantes que afirman que la implantación de esta técnica debe decidirse entre todos los sectores de la sociedad, y no sólo en los círculos decisorios, se crean lobbys para anunciar sus virtudes entre políticos, economistas, medios y consumidores… No olvidemos que el código de barras tardó 25 años en implantarse. Aún queda tiempo para ver si esta tecnología se convierte en paradigma orwelliano o si permite la convivencia de la intimidad y la economía de la información.

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