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El Renacimiento está a punto de resucitar (y la IA tiene la culpa)

El Renacimiento está a punto de volver a asomar por la puerta (y la IA tiene las llaves)

La inteligencia artificial (IA) en su vertiente más creativa es una suerte de Renacimiento donde los humanos ejercen de maestros y las máquinas de aprendices.

iaLa cada vez más ubicua inteligencia artificial (IA) está para muchos directamente emparentada con la cadena de montaje. Y esto es en realidad lo peor que puede pasarle a esta tecnología.

Como la cadena de montaje que popularizó Ford allá por el ya lejanísimo siglo XX, la inteligencia artificial pivota en torno a la automatización (y como tal va a multiplicar exponencialmente la producción dentro las empresas).

Sin embargo, y pese a que la automatización que hizo posible la cadena montaje fue una de las invenciones más fenomenales del siglo pasado, que la inteligencia artificial ligue también a ella sus designios es definitivamente una mala noticia tanto para quienes han estado involucrados en su creación como para quienes usan esta tecnología, asegura Ben Lamm en un artículo para AdWeek.

La inteligencia artificial (la más excelsa al menos) no tiene que ver en modo alguno con la velocidad y tampoco con los números. El último objetivo de la inteligencia artificial es agasajar a las empresas con elevados niveles de innovación y pertrecharlas de nuevas ideas.

Puede que los escépticos les cueste creerlo, pero la inteligencia artificial puede utilizar el lado derecho del cerebro (o lo que es lo mismo, puede ser aliada de la creatividad).

Nuestros propios prejuicios han procurado a la inteligencia artificial la reputación de tecnología desprovista de todo sentido de la creatividad. Se supone que la IA es incapaz de hacer uso del denominado pensamiento divergente (imprescindible para alumbrar nuevas ideas).

Sin embargo, ese pensamiento divergente que algunos han querido negar a la inteligencia artificial está emergiendo poco a poco en esta tecnología, perfectamente apta para alumbrar tráilers de películas y hasta para escribir guiones.

Adecuadamente entrenada, la IA puede dar a luz creatividad tan bella como asombrosa. Aun así, y precisamente por el hecho de necesitar entrenamiento (por parte de personas de carne y hueso), muchos niegan que la inteligencia artificial pueda de verdad ser creativa.

Y con todo, esa capacidad de replicar (que no de crear) que tantos echan en cara a la inteligencia artificial es también profundamente humana. Todo el arte (engendrado por supuesto por humanos) es una suerte de reproducción.

Echemos la vista atrás y posemos, por ejemplo, la mirada en el Renacimiento, la era más celebrada del arte en la civilización occidental. En el Renacimiento los aprendices se unían a talleres con el último objetivo de aprender las técnicas de sus maestros. Y con los aprendizajes firmemente asentados en sus cerebros, los aprendices más habilidosos eran capaces de “parir” nuevas creaciones (mejores incluso que las de sus mentores). En el siglo XXI, abocado a un nuevo Renacimiento, los maestros son los humanos y los aprendices son las máquinas.

Si hacemos caso de la historia, que rara vez cuenta mentiras, muchos de los aprendices del Renacimiento terminaron por superar a sus maestros hasta convertirse en artistas con derecho propio. Y lo mismo es posible ahora con la irrupción de la IA, recalca Lamm.

El entrenamiento de la inteligencia artificial con fines creativos exige, eso sí, tiempo y paciencia. En las fases más primigenias de su proceso de entrenamiento la IA será como un bisoño estudiante de arte con el foco puesto en la copia, más que la creación propiamente dicha. Pero con el tiempo se zafará potencialmente de su rol “copiona” y inaugurará entonces una nueva era creativa (potencialmente muy interesante para las empresas).

Es increíblemente difícil imaginarnos a una inteligencia artificial con semejantes capacidades creativas y aún más difícil vernos desposeídos de nuestro puesto por culpa de un robot. Tenemos miedo porque la creatividad humana es en términos generales una gran incomprendida (y no sabemos a ciencia cierta cuánto de nuestro potencial creativo emana de la naturaleza y cuánto de la educación).

En todo caso, si somos capaces de extraer creatividad de la IA, ¿no significa también que somos capaces de arrancar creatividad a mordiscos de nosotros mismos y de cuantos están a nuestro alrededor?

La era de la IA está al caer. Pero la creatividad más sublime seguirá siendo un talento reservado para los humanos (y convenientemente alimentado por inteligencia artificial), concluye Lamm.

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