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Centennials: la generación más conectada y la menos feliz

GenZ: cuando crecer con un smartphone conecta con el mundo, pero aleja de la felicidad

Las nuevas tecnologías, la hiperconectividad y los smartphones han transformado de manera radical la forma en la que vivimos, nos relacionamos y trabajamos.

Si por un lado, la posibilidad de estar permanentemente en contacto con el mundo nos ofrece la oportunidad de sentirnos parte de una comunidad global, por otra, también nos cuesta la salud.

Y no hay más que echar la vista atrás para comprobarlo. Solo hay que analizar el comportamiento de las distintas generaciones a lo largo de la historia para corroborar cómo la tecnología ha modificado las visiones y los comportamientos de las nuevas generaciones.

Estas diferencias destacan, sobre todo, entre los Millennials y la llamada Generación Z.

Mientras los primeros no han vivido una adolescencia tecnológica, sino que han visto el nacimiento de internet y de los teléfonos móviles adaptándose a ello ya en su etapa madura, los más jóvenes han nacido con una tableta, un smartphone y una cuenta de Netflix debajo del brazo.

Y cabría pensar que son más conscientes de lo que les rodea, que son más felices y que se comunican más con sus coetáneos, pero nada más lejos de la realidad.

Crecer con un smartphone ha afectado casi todos los aspectos de sus vidas. Invierten hasta 6 horas al día navegando en internet, chateando o pululando por el social media, un tiempo que apenas les permite disfrutar de la que un día fue la actividad preferida de los millennials: salir con amigos.

Pero lo más significativo y que marca una brecha enorme con respecto a la generación anterior es que los centennials presentan elevadas tasas de depresión, ansiedad y soledad que no dejan de aumentar desde el año 2012 en perjuicio de la felicidad.

Y para muestra, el aumento del 50% en las tasas de suicidio adolescente y los casos de depresión clínica en este segmento social.

Pero, ¿existe una correlación real entre la infelicidad y el mundo conectado?

Según una encuesta elaborada por Deloitte, el uso, por ejemplo, de las redes sociales induce a menores cuotas de bienestar, aunque un menor bienestar no conduce a un mayor uso del social media.

Asimismo, otro estudio, elaborado The Happiness Research Institute y en el que se comparó a un grupo de usuarios que no había utilizado Facebook durante una semana con otro que sí, revela que los que no se conectaron a la plataforma eran más felices, menos depresivos y se sentían menos solos.

Y viendo estos datos, no resulta extraño que muchos padres se preocupen por la cantidad de tiempo que sus hijos invierten en el mundo conectado pues, no solo es muy diferente a cómo ellos pasaron su infancia y adolescencia, sino que, en muchos sentidos es peor.

Invertir menos tiempo en quedar con amigos impide desarrollar habilidades sociales, imprescindibles para todo ser humano. Además, la Generación Z lee menos revistas, periódicos o libros que las anteriores generaciones durante su adolescencia.

Es más, según la encuesta Monitoring the Future, el porcentaje de jóvenes que leían libros no obligatorios a diario pasó del 60% en 1980 al 16% en 2015. Un dato, sin duda, preocupante.

Aunque no todo es malo para la nueva generación conectada pues, este grupo de jóvenes es mucho más tolerante, tiene una ética del trabajo más fuerte y unas expectativas de la vida más realistas que los millennials a su misma edad.

No obstante, conectar con los demás no solo se hace a través una pantalla y, quizá eso sea, precisamente, lo que los centennials necesitan.

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