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Interfaces cerebrales: mirando más allá de los smartphones

Hay vida más allá del smartphone, vaya si la hay (y el cerebro será el "jefe")

En un futuro no demasiado lejano los ubicuos smartphones serán destronados primero por las interfaces de voz y más tarde por las interfaces cerebrales.

smartphoneEl smartphone ha clavado con fuerza sus afiladas garras en nuestras vidas. No hay tarde televisiva ni aventura vacacional que nos procure entretenimiento más intenso que el hecho de tener la mirada permanentemente clavada en el móvil de nuestros amores.

En todo el mundo hay aproximadamente 7.700 millones de conexiones de telefonía móvil, por lo que en términos puramente aritméticos todos los habitantes sobre la faz de la Tierra serían dueños de un smartphone. Ningún otro invento del siglo XXI ha marcado tantísimo nuestras vidas como el ubicuo teléfono inteligente.

Sin embargo, el final de los smartphones se asoma inexorablemente en el horizonte. Su muerte no será abrupta sino que estará a merced de una lenta agonía.

En la frenética escena “techie” los teléfonos inteligentes han tocado techo desde hace tiempo. Desde 2016 las ventas de smartphones se contraen lenta pero permanentemente.

Y ni siquiera quienes se han hecho de oro con ellos creen a pies juntillas en su eterno éxito. “Los smartphones seguirán existiendo durante una larga temporada. Pero no desempeñan ya un papel tan importante en nuestras vidas”, asegura DJ Koh, presidente de la división de dispositivos móviles de Samsung, en declaraciones a Frankfurter Allgemeine Zeitung.

Ante tan funestos augurios, pende irremediablemente una pregunta en el aire: ¿Hay vida más allá del smartphone? Y si la hay, ¿cómo será?

Quienes están convencidos de que el smartphone es la cumbre de la evolución tecnológica se equivocan probablemente de medio a medio. Si observamos de cerca este dispositivo, éste se revela de hecho como bastante molesto, en particular cuando necesitamos las manos que perpetuamente lo sujetan para conducir, para jugar con los niños o para comprar.

Mucho más cómoda y sin fricciones en términos comunicativos es, sin embargo, la voz. De la mano de la tecnología de voz, podemos hacer preguntas, formular peticiones y repartir tareas sin descuidar las ocupaciones que tenemos ya entre manos. Es cuestión de tiempo que la voz sea nuestra puerta de entrada a internet y la que nos abra de par en par el manejo de todo tipo de dispositivos electrónicos. ¿El problema? Que aprender a hablar, eso que tan sencillo parece para los niños, es una tarea absolutamente ciclópea para las máquinas, obligadas a entender el lenguaje verbal en todos y cada uno de sus múltiples matices (y también dialectos).

Afortunadamente la irrupción de asistentes de voz de Amazon, Google y Apple, todos equipados con inteligencia artificial en sus entrañas, están sentando las bases de lo que está abocado a convertirse en un gran éxito (necesitado aún de maduración). “Cuando las máquinas sean capaces de analizar también las expresiones faciales, el lenguaje corporal y el entorno, no necesitaremos ya ningún tipo de gadget en nuestras manos”, argumenta Dirk Wittkopp, responsable del centro de Investigación y Desarrollo de IBM en Böblingen (Alemania).

Mucho más fáciles prometen ser nuestras vidas si la comunicación no está restringida única y exclusivamente a los humanos y las máquinas y echa también sus raíces en las interacciones entre distintas máquinas.

“Con la ayuda de la tecnología de voz todos los dispositivos estarán conectados entre sí en el futuro”, profetiza Wittkopp.

Sin embargo, el futuro “techie” no hay espacio únicamente para las interfaces de voz (que ya hacen hoy de las suyas) sino también para las denominadas interfaces cerebrales. “Es el avance más lógico en nuestra relación con las máquinas”, afirma el inversor Fabian Westerheide.

Que los ordenadores sean capaces de leer el pensamiento parece a priori una idea excesivamente futurista y hasta demente. Aun así, son muchos los que se esfuerzan en convertir esta idea en realidad. Y uno de ellos es Elon Musk. A través su empresa Neurolink, el fundador de Tesla trabaja en la completa amalgama de humanos e inteligencia artificial, donde los “inputs” no brotarían ni de la boca ni de los dedos sino directamente del cerebro.

“En cinco años todas las máquinas serán controladas con la voz, en diez años su control será quizás posible con el pensamiento”, aventura Westerheiede.

Para que las interfaces cerebrales se impongan se necesitan, no obstante, vencer muchas barreras, muchas de las cuales no son meramente tecnológicas sino más bien psicológicas. Es evidente que el control mental que hacen posible las interfaces cerebrales es a ojos de muchos absolutamente pavoroso, como también lo es que para beneficiarse de esta tecnología haya que colocarse sobre la cabeza un absurdo casquete repleto de cables (susceptibles para más inri de ser hackeados).

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