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La epidemia de los ad blockers ya tiene cura: así deben actuar los marketeros

adblockLos consumidores han tomado las riendas del mundo digital. Son ellos los que tienen el poder de decidir qué contenido consumen, cuándo y a través de qué medio y, desde luego, esta libertad a la hora de consumir contenidos excluye totalmente a la publicidad, incluso a la buena publicidad.

El creciente uso de los ad blockers por parte de los usuarios es una cuestión que preocupa y mucho a los anunciantes que ven como la mina de oro que era hasta ahora el mundo digital se agota. Y muchos ya han reaccionado proponiendo diversas soluciones.

Una de ellas apuesta porque los marketeros pongan todos sus esfuerzos en hacer mejor publicidad, y, aunque es algo necesario no es suficiente. Los usuarios siempre prefieren no ver interrumpido el contenido con anuncios, aunque sean excelentes.

Otra de las opciones es educar a los usuarios, hacerles entender que el mundo digital es una relación simbiótica entre marketeros, editores y consumidores en el que hay un pacto implícito que consiste en obtener contenidos de manera gratuita a cambio de que las marcas asocien su publicidad a ellos.

Pero, ¿cómo lograr esto? Algunos apuestan por impedir el acceso a las páginas de algunas publicaciones a aquellos usuarios que hagan uso de los ad blockers y, a su vez, explicar el porqué de esta prohibición. No obstante es difícil pensar que los consumidores vayan a ceder fácilmente a las plegarias de los marketeros.

En último caso los anunciantes podrían pagar a las compañías de ad blocking o a las de anti blocking para que sus publicidades pasen los filtros y lleguen a los usuarios. Sin embargo, esto tampoco es una buena idea pues, los marketeros estarían participando de su propia extorsión, uniéndose al enemigo.

Ante este difícil panorama, la única solución es actuar por la vía legal, demandando a los ad blockers. Sí, lo cierto es que puede parecer una medida un tanto extrema e impensable en el mundo digital que se caracteriza, precisamente, por la ausencia de prohibiciones pero muchos profesionales aseguran que el uso de este servicio interfiere en la capacidad de las webs para mostrar todos los píxeles que forman parte de ella y, eso, es robar.

Para las mentes más analógicas sería algo como si alguien se dedicase a recortar los anuncios de las revistas, a destrozar los carteles publicitarios del metro o a pintar las vayas publicitarias de la calle. En estos casos, intervendría la policía y la justicia.

Desde luego, no es la solución más pacífica pero la industria publicitaria y la editorial están en peligro y actuar de inmediato es necesario por el bien de todos, también de los consumidores que no estarían dispuestos a pagar los costes que los medios asumirían si no estuviesen financiados por la publicidad. Llegados a este punto, no queda otra opción así que, manos a la obra.

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