Digital

¿Por qué los más idiotas son las que más triunfan en la red?

La red de redes y su afán por entronizar a los más soberanos idiotas

La red de redes está plagada de genios, cuyas ideas son felizmente de dominio público. Sin embargo, los internautas no empeñamos en fijar nuestra atención en los más idiotas.

idiotasVivimos en una edad absolutamente dorada. Podemos tener a las personas inteligentes del mundo susurrándonos al oído perspicaces y geniales ideas en apenas un par de segundos, lo que se tarda en hacer clic en un vídeo online.

Las ideas más portentosas de los mayores genios de nuestra era están a sólo un clic de distancia (ya tomen la forma de música arrebatadora, de literatura de gran nivel o de periodismo con los pilares de la investigación firmemente apuntalados).

Sin embargo, si la red de redes ha puesto a nuestro alcance tanta inteligencia y conocimiento, ¿por qué nuestros ojos se dejan hipnotizar por banales consejos de belleza, por eslóganes políticos absolutamente hueros y por absurdas teorías de la conspiración?, se pregunta Florian Aigner en un artículo para Futurezone.

¿Por qué un vídeo sobre un accidente de “skateboarding” consigue más clics que una sutil sátira política?

La respuesta a estas preguntas pasa inevitablemente por una razón (absolutamente contundente): que no hemos comprendido lo valiosa que es nuestra atención.

Cuando ahí fuera (en internet) hay más información gratuita que la que realmente podemos consumir y digerir, se desata una furiosa y cruenta batalla por nuestra esquiva atención (que precisamente por su carácter escurridizo es más valiosa que nunca).

Quienes ofertan contenidos en la red de redes tratan a los internautas como si fueran niños pequeños y tratan de seducirles con tentadores por insalubres caramelos y gominolas.

Engullendo contenidos (metamorfoseados en insanas golosinas) como si no hubiera mañana no hacemos sino embrutecernos. Y por cada hora que invertimos metiéndonos entre pecho y espalda pseudoinformación, perdemos una hora que podríamos emplear para alimentar nuestro espíritu (ahíto de memeces) con información de calidad.

Es evidente que nada tiene de malo ver vídeos de gatitos, leer cotilleos de famosos o ver series de zombis. Tampoco tiene nada de malo comer golosinas. Pero cuando nutrimos exclusivamente nuestro cerebro con pseudoinformación, nos convertimos en necios (y no hay vuelta atrás).

Algunos podrían argumentar, señala Aigner, que quienes son tan tontos como para llenar su cabeza única y exclusivamente de fantochadas no son en absoluto dignos de lástima. Y que se merecen realmente lo que tienen por ser tan increíblemente idiotas.

Sin embargo, las cosas no son tan fáciles como parecen y no lo son porque la economía de la atención es la que da forma, al fin y al cabo, a la sociedad en la que vivimos. De igual modo que como consumidores decidimos qué alimentos van a producirse y cuáles no, determinamos también, en función de nuestra atención, qué temas, qué pensamientos y qué personas son realmente importantes.

Todos sabemos quiénes son Paris Hilton, Kim Kardashian o Justin Bieber, pero ¿somos capaces de poner nombre y apellidos a algún científico especializado en el cambio climático? ¿A algún director de orquesta? ¿Cuánto escritores han alumbrado novelas realmente buenas en el transcurso de los últimos diez años? ¿Podríamos responder a esta pregunta?

Es urgente, sumamente urgente, que dejemos de hacer famosa a gente sin materia gris (aparente) en la cabeza. Quien está en el candelero acaba convirtiéndose, nos guste o no, en un modelo a seguir. Y la gente que protagoniza vídeos absolutamente idiotas en YouTube cala (hondo) en la sociedad. Razón de más para que reflexionemos sobre aquello en lo que realmente deseamos centrar nuestra atención.

Nuestra atención es sumamente valiosa y no debemos regalársela a quienes nos entretienen de manera momentánea sino a quienes son inteligentes, se preocupan de hacer de éste un mundo mejor y tienen la mirada perpetuamente puesta en el futuro. De igual manera que no debemos abrir las puertas de nuestra casa a cualquiera, tampoco deberíamos permitir que cualquiera echara sus zarpas a los que hay en lo más recóndito de nuestro cerebro, concluye Aigner.

Te recomendamos

México

School

Podcast

Podcast

Compartir