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¿Cunde el desencanto entre los tuiteros?

Redacción

Escrito por Redacción

Twitter es sin lugar a duda uno de los grandes prodigios del nuevo universo digital. Un servicio que no existía hace sólo 6 años se ha convertido en parte central de nuestro ecosistema mediático. Los programas de radio piden a sus oyentes que les sigan en Twitter y no hay conferencia o seminario que se precie que no cuente con su propio hashtag.

La famosa red de microgblogging es hoy por hoy un monstruo de enormes proporciones. Cuenta con más de 500 millones de usuarios activos que publican una media de 340 millones de tuis cada día. Además, dos terceras partes de las grandes empresas tienen ya perfil oficial en Twittter. Y todas estas cifras son de una empresa que nació en julio de 2006.

Si Twitter se propagó en su momento como la pólvora, fue por varias razones. Se trata de un servicio fácil de entender y de utilizar, y lo más importante, es asimétrico. Si el usuario elige seguir a alguien en Twitter, la otra persona no está “obligada” a corresponder a su seguidor. Como bien subraya Jack Dorsey, cofundador de Twitter, el éxito de esta red social se basa en las “conexiones con bajas expectativas”. Esta falta de reciprocidad resulta muy seductora para la gente intimidada por las elevadas expectativas que llevan implícitas otras redes sociales.

Durante la mayor parte de su corta vida, Twitter ha disfrutado de “buena prensa”, en parte por su estoicismo a la hora de desafiar a abogados y a autoridades ávidas de conocer los datos personales de sus usuarios. Tras el mítico “Cablegate” protagonizado por Wikileaks hace dos años, la web de Julian Assange se valió de Twitter para seguir proporcionando a los usuarios acceso a su plataforma, por aquel entonces bloqueada. También durante la denominada “Primavera Árabe”, Twitter tuvo un papel protagonista y logró convencer al mundo de que, al margen de Google, no era la única compañía con el lema “Don’t be evil” grabado en su ADN.

En los últimos tiempos, sin embargo, Twitter ha tenido que soportar críticas procedentes fundamentalmente de dos frentes. Durante los Juegos Olímpicos de Londres, la red de microblogging decidió suspender la cuenta de Guy Adams, el corresponsal de The Independent en Los Ángeles, por la publicación de tweets muy críticos con la cobertura olímpica de la NBC. Twitter alegó que la cancelación de la cuenta de Adams se debió a que éste había vulnerado la regla de no revelar correos electrónicos personales a través de las plataformas. Ello no evitó que los más críticos siguieran pensando que, detrás de la suspensión de la cuenta de Adams, estaba un sustancioso acuerdo comercial entre Twitter y la NBC.

De todos modos, y al margen de este episodio, muchos “techies” han comenzado a mostrar su desencanto con Twitter antes de Londres 2012. La principal razón de su “enfado” es que la compañía ha comenzado a restringir la libertad de los desarrolladores para crear aplicaciones vinculadas a la red social (HootSuite y TweetDeck, por ejemplo) sin necesidad de acceder a la web de Twitter. En sus inicios, los fundadores de Twitter no dudaron en beneficiarse de desarrolladores independientes para dar fuelle a su plataforma, pero ahora esta vieja “amistad” se ha tornado en “enemistad”.

Actualmente, hay en el mercado alrededor de 100.000 aplicaciones externas que utilizan la API de Twitter, por lo que el ecosistema de apps creado en trono a la famosa red de microblogging no es baladí ni mucho menos. Lo que está provocando las iras de los desarrolladores externos es la reciente decisión de Twitter de restringir las libertades de quienes utilizan esa API, limitando el número de usuarios que pueden tener sus aplicaciones y la frecuencia con que sus apps pueden interactuar con Twitter.

Que hay usuarios desencantados con Twitter es cierto, pero que esto signifique la “muerte” prematura de una plataforma que ha cambiado para siempre la forma de comunicarnos es bien distinto, explica John Naughton en The Guardian.

La cancelación de la cuenta de Adams es más un error de juicio que una renuncia a los principios que han guiado siempre a Twitter. Una renuncia completa a tales principios sería desastrosa desde el punto de vista comercial para la red social. Y en cuanto a las nuevas restricciones aplicadas por Twitter a los desarrolladores, hay que reconocer que la red de microblogging no es ninguna ONG. Como Facebook, Twitter necesita dinero para sobrevivir. De lo contrario, estaría abocada a la desaparición.

 

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