Hubo un tiempo en que los influencers virtuales eran fáciles de identificar (y también de ignorar). Y aunque el “hype” (más o menos desaforado) se adosó ocasionalmente a tales influencers, la mera existencia de tales creadores de contenido de origen sintético no cambió sustancialmente las dinámicas por las que regían las redes sociales. Las primeras influencers virtuales (Lil Miquela, Imma o Shudu Gram) eran obviamente (y sin que hubiera resquicio alguno de duda) creaciones de naturaleza digital.
Sin embargo, los influencers virtuales que otrora era relativamente fácil catalogar como tales han terminado tornándose en casi indistinguibles de los creadores de contenido de carne y hueso (con la inestimable ayuda de la IA). E influencers como Emily Pellegrino o Aitana López no distan demasiado (ni por su aspecto ni por sus hábitos) de las creadoras de contenido (100% humanas en este caso) con las que compiten de manera directa por las interacciones de los usuarios en las redes sociales.
El problema no es sólo que los cada vez más ubicuos influencers virtuales sean un calco (virtualmente indistinguible) de los creadores de carne y hueso, sino que la novedad que aleteaba otrora en torno a ellos ha terminado marchitándose. Y ahora esos influencers virtuales han pasado a formar parte de la ingente cantidad (a menudo maloliente) de contenido generado con IA que infesta actualmente las redes sociales.
Los influencers virtuales son virtualmente indistinguibles de los creadores de carne y hueso
Las personas «fake» han terminado convirtiéndose en absolutamente ubicuas en las plataformas 2.0, desde donde alientan a menudo la desinformación, las estafas y los discursos racistas. Y que haya semejante cantidad de gente de origen sintético en la red de redes hace que la verdadera influencia de los influencers virtuales sea en realidad muy difícil de evaluar. Las redes sociales no publican cifras sobre la presencia de personas de origen sintético en sus dominios y la mayor parte de los influencers generados con IA no son ni tan populares ni tan influyentes como para justificar la atención mediáticaque generó la primera ola de creadores virtuales (que lograron concitar múltiples miradas porque sí eran de verdad novedosos).
Lo que sí parece claro es que los avances tecnológicos están propiciando que los influencers virtuales resulten prácticamente indistinguibles de las personas de carne y hueso y que su creación (otrora onerosa) esté prácticamente al alcance de todo el mundo.
Que las redes sociales estén llenas hasta los topes de influencers o pseudoinfluencers virtuales indistinguibles de los humanos no parece, no obstante, preocupar en exceso a las empresas que operan tales plataformas. Y si bien las redes sociales han introducido etiquetas que advierten al usuario de aquellos contenidos en cuya creación ha estado involucrada la IA, el uso de tales etiquetas es en la mayor parte de los casos de naturaleza voluntaria.
Las plataformas 2.0 parecen haber abrazado la ambigüedad en lo que a los influencers virtuales se refiere, a quienes no acogen plenamente, pero tampoco rechazan por completo, señala Robert Hart en un artículo para The Verge. También ambigua (y flagrantemente contradictoria) es la postura de las redes sociales en relación con la IA, que, por una parte, promueven como herramienta creativa, y tratan simultáneamente de repeler cuando esta tecnología se traduce en una avalancha de contenido de ínfima calidad.
Los usuarios se hartarán más pronto que tarde los influencers virtuales y su sarta de mentiras
En medio de la incertidumbre que reina en las redes sociales en relación con el contenido generado con IA lo cierto es que el ecosistema de los influencers virtuales está prosperando hasta cierto punto. Algunas empresas de investigación de mercados estiman, no en vano, que el mercado de los influencers virtuales podría alcanzar un valor de 60.000 millones de dólares en 2030. Además, la influencia cultural de los influencers generados con IA está pegando también el estirón (hay, no en vano, premios, concursos y agencias especializadas en este tipo de creadores de contenido).
Así y todo, es probable que más pronto que tarde haya en las redes sociales un ajuste de cuentas en relación con la IA y sus múltiples prodigios (y también engendros). El denominado «AI slop» o contenido basura generado con IA ya resulta suficientemente irritante para muchos usuarios de las redes sociales. Y las personas «fake» que se hacen pasar por personas de carne y hueso no dejan de ser otra versión del mismo problema (ese que las plataformas 2.0 se resisten a resolver de una vez por todas porque se traduce a la postre en interacciones).
No obstante, y pese a la renuencia de las plataformas 2.0 a resolver el problema que entraña la profusión de influencers y pseudoinfluencers virtuales en la redes sociales, es probable que este problema termine solventándose tarde o temprano porque si en estas plataformas los usuarios sintéticos terminan superando en número a las usuarios de carne y hueso, las redes sociales dejarían de tener sentido (o tendrían que despojarse al menos de la etiqueta de «sociales»).
Puede que las plataformas 2.0 se nieguen a trazar una línea divisoria perfectamente clara entre lo que es IA y lo que no en sus dominios, pero ello no impedirá que sean los propios usuarios de tales plataformas quienes, hastiados de la inteligencia artificial y sus múltiples mentiras, terminen trazando esa línea divisoria en su lugar.





