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Social Media MarketingEl "metaverso" carga sobre los hombros con tantas oportunidades como desafíos.

Los oportunidades y los desafíos del "metaverso" de Mark Zuckerberg

El "metaverso", ¿la maravillosa tierra de Oz del mago Mark Zuckerberg?

Esther Lastra

Escrito por Esther Lastra

Aun cuando no esté claro cómo se regulará el "metaverso" de Mark Zuckerberg, es más que evidente que el proyecto estará necesariamente bajo el escrutinio público.

Muchos litros de saliva se han gastado en las últimas semanas hablando del cacareado rebranding de Facebook, cuyo nombre es ahora Meta. Aunque muchos consideran el cambio de nombre de la empresa de Mark Zuckerberg una calculada maniobra de distracción para correr un tupido sobre los múltiples escándalos que acechan últimamente a la compañía, lo cierto es que el «metaverso» parapetado tras Meta podría potencialmente cambiar de manera irreversible (para bien y para mal) la sociedad, la economía y hasta la política.

Sobre el papel tiene en todo caso todo el sentido del mundo que Zuckerberg se apoye en los 3.000 millones de usuarios que acumulan las diferentes plataformas de su empresa como pilar para construir un mercado de nueva hornada y sacar por supuesto rédito de ese mercado. Al fin y al cabo, si Facebook (o Meta) desaprovecha ahora la oportunidad de construir el «metaverso», otros rivales podrían hacerlo también tarde o temprano.

El «metaverso» imaginado por Zuckerberg es un proyecto faraónico en el que la digitalización actual es probablemente solo un irrelevante preludio, asegura Christof Baron en un artículo para Horizont.

La entrada en escena del «metaverso» supondrá abandonar el universo de las cosas materiales para adentrarse en el terreno de lo inmaterial. Al fin y al cabo, todo (también lo aparentemente más inimaginable) se presta a ser digitalizado.

En algunas áreas esa digitalización masiva de lo material está solo en un fase inicial, pero en otras muchas está ya extraordinariamente avanzada. Es el caso, por ejemplo, de la digitalización del dinero, del arte, de los documentos de identidad o de los contratos.

Es probable que en un futuro no demasiado distante ya no necesitemos televisores inteligentes de dimensiones colosales para ver películas, puesto que su proyección será posible en cualquier parte mediante hologramas en 3D. Y tampoco serán necesarios probablemente ni los procesadores de texto ni los teclados.

El «metaverso» acaparará inversiones multimillonarias en los próximos años

La gente formará parte, después de todo, de una plataforma común en la que se fundirán todos los aspectos de la vida cotidiana: el «metaverso». Y ya sea mediante avatares o mediante interfaces que convierten la señales emitidas por el cerebro y por el cuerpo en comandos digitales todas las personas estarán conectadas (también en el plano físico). Suena a bote pronto a ciencia ficción, pero en este ámbito ha habido en los últimos tiempos múltiples y espectaculares avances.

Además, el «metaverso» de Zuckerberg podría tener (al menos de facto) un impacto muy positivo en el medio ambiente. La producción de objetos digitales lleva aparejado, al fin y al cabo, un consumo mucho más reducido de recursos que la producción de artículos de naturaleza analógica.

Para hacer realidad el «metaverso» Meta podría invertir 10.000 millones de dólares en hardware, software e investigación solamente durante este año. Y este es solo el comienzo. Puesto que el negocio publicitario de la compañía no da síntomas de agotamiento y Meta reposa sobre un mullido colchón financiero de casi 60.000 millones de dólares, el «metaverso» tendrá capital de sobra a su disposición para pegar el estirón. Semejante dispendio rentará, no obstante, casi con toda seguridad a la compañía, que se asegurara así un rol protagonista en la red de redes del futuro.

Además, el «metaverso» no solo reportará múltiples beneficios a Meta, también verterá previsiblemente mucho dinero en los bolsillos de las empresas que allí desembarquen. Ese «metaverso» será, no en vano, un enorme red con un infinito número de nodos que estará abierta a todos aquellos que no compitan de manera directa con Meta y que podría metamorfosearse, por ende, en un gigantesco «marketplace».

El ambicioso proyecto de Zuckerberg se topará, no obstante, con unos cuantos obstáculos por el camino. El primer óbice es que el «metaverso» es fuertemente deudor de las infraestructuras puestas sobre la mesa por Meta (que no son quizás tan sólidas como parece a tenor de la gravísima caída que sufrió el pasado mes de octubre).

Además, la infraestructura sobre la que se apoyará el «metaverso» deberá someterse necesariamente a determinados estándares y regulaciones (que son dictadas por instituciones gubernamentales). No podría ser de otro modo si tenemos en cuenta que estamos ante una tecnología que afectará de manera tan profunda a la vida diaria de las personas.

¿El problema? Que no hay precedentes de una infraestructura de tantísima envergadura como el «metaverso», que se trata de una iniciativa 100% privada y enfocada a fines comerciales, advierte Baron.

Así y todo, y aun cuando esté claro cómo se regulará ese «metaverso», es más que evidente que el proyecto estará necesariamente bajo el escrutinio público.

Si el «metaverso» lo controla todo, ¿quién controlará a ese «metaverso»?

Por otra, y ya desde el punto de vista de la economía, el «metaverso» podría convertirse en la mayor zona económica del mundo, muy por delante en cuanto a tamaño del Espacio Económico Europeo (EEE) o el NAFTA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte).

En el «metaverso» se darán cita, al fin y al cabo, 3.000 millones de personas y asumiendo que cada una de ellas genere una media de 10 dólares al mes, estaríamos ante una plataforma que arrojaría anualmente unos ingresos de 360.000 millones de dólares (a la altura de las 50 mayores potencias económicas del mundo y con potencial suficiente para sentarse en la mesa del G-20).

Al calor del «metaverso» prosperarán previsiblemente también las criptomonedas y esas criptomonedas llevarán por supuesto la rúbrica de Facebook. Apoyándose en esta plataforma la compañía tendrá oportunidad de dar brillo y esplendor a su criptodivisa Diem, que tiene muchas papeletas para convertirse en la moneda bajo la que se cobijarán todas las transacciones en Meta. Con todo, el exacerbado poder que podría acumular Diem en el futuro podría poner también en jaque a los bancos centrales, cuyo monopolio monetario podría diluirse como un azucarillo.

En el «metaverso» de Zuckerberg hay además otro agujero negro, el relativo a la gobernanza de ese nuevo universo que asoma ya en el horizonte. ¿Quién constituye al gobierno en el «metaverso» y quién controla a ese gobierno?

Esta pregunta resulta particularmente inquietante si tenemos en cuenta que la empresa que va a dar forma a ese «metaverso», Facebook, ha sido puesta en la picota en múltiples ocasiones por sus prácticas escasamente democráticas.

Ello no quiere decir que el «metaverso» vaya a ser el epítome de la antidemocracia, pero existen no pocas posibilidades de que las estructuras emergidas de esa plataformas fallen y estén inevitablemente a expensas de abusos, concluye Baron.

 

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