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Twitter, el altavoz convertido en (interesada) guillotina de Donald Trump

Social Media MarketingDonald Trump es el 45º presidente de Estados Unidos

El 'impeachment' de Trump en las redes sociales

Twitter, el altavoz convertido en (interesada) guillotina de Donald Trump

¿Por qué Twitter y Facebook han permitido a Trump echar sapos y culebras por la boca durante los últimos cuatro años y solo han osado vetarlo cuando su mandato se aproxima a su fin?

Donald Trump se jacta de ser el hombre más poderoso del mundo (por más que a su poder le quede un suspiro). Pero dos hombres se han empeñado en poner límites al poder casi irrefrenable del presidente de Estados Unidos: Jack Dorsey y Mark Zuckerberg. Y surge entonces de manera casi inevitable esta pregunta en el horizonte: ¿tienen acaso potestad los «jefazos» de Twitter y Facebook para cortar las alas a Trump?

La respuesta espontánea (y visceral) a esta pregunta es un «sí» rotundo. Twitter y Facebook han decidido por fin arrebatar de las manos su juguete favorito a ese presidente con tintes megalómanos y psicopáticos llamado Donald Trump. Al menos, y sin estas dos redes sociales a su vera, el presidente se queda despojado de altavoz para esparcir impunemente sus mentiras.

Pero, ¿por qué Twitter y Facebook han permitido a Trump echar sapos y culebras por la boca durante los últimos cuatro años y solo han osado vetarlo cuando su mandato se aproxima a su fin? Si a ambas plataformas les preocupa realmente el bienestar de Estados Unidos, parece que se han topado de bruces con sus propios escrúpulos demasiado tarde, asegura Uwe Vorkötter en un artículo para Horizont.

La razón específica por la que Twitter y Facebook han decidido expulsar a Trump de sus respectivas plataformas poco o nada parece importar a estas alturas. A la hora de desactivar la cuenta de Donald Trump la red social del pajarito se ha escudado en dos tuits del presidente. En el primero Trump aseguraba que los 75 millones de patriotas estadounidenses que le votaron en las últimas elecciones seguirían teniendo voz y voto en el futuro. Y en el segundo el presidente anunciaba que no estaría en la toma de posesión de Joe Biden el próximo 20 de enero. A ojos de Twitter, ambos tuits sus susceptibles al parecer de inspirar a los estadounidenses a asaltar de nuevo el Capitolio.

Dorsey y Zuckerberg, ¿artífices (interesados) del «impeachment» a Trump?

¿El problema? Que los medios de comunicación han tildado hasta la saciedad de grosero, indecente e inusitado que Trump se niegue a reconocer a Biden como presidente de Estados Unidos y nadie ha interpretado en ningún momento sus informaciones como el germen de un nuevo ataque al Capitolio.

En este sentido, es casi imposible no preguntarse si el cacareado veto de Twitter y Facebook a Trump es sobre todo y ante todo una maniobra de relaciones públicas. Pero de ese veto brotan además otros dos preguntas. La primera: ¿quién dice lo que puede escribirse o no en las redes sociales? Y la segunda: ¿quién decide sobre lo que puede decirse o escribirse o no en estas plataformas?

Ambas cuestiones están sobre la mesa desde que Twitter y Facebook existen (desde 2004 y 2006 respectivamente), pero jamás han hallado respuesta.

Durante mucho tiempo ambas redes sociales argumentaron que no eran medios de comunicación al uso como los diarios y las cadenas de televisión y que eran meros proveedores de infraestructuras tecnológicas (como las empresas de telecomunicaciones). En este sentido, ni Facebook ni Twitter son responsables de aquello que se dice en sus dominios. Y la responsabilidad recae al 100% en el usuario.

Sin embargo, este argumento acabó resquebrajándose poco a poco. Pronto se hizo evidente el cambio radical instigado por las redes sociales en la gestión de las informaciones y las opiniones de carácter político. Y Trump ha llevado ese cambio al extremo para sortear el filtro de los medios tradicionales y hablar sin tapujos (y con muchas mentiras de por medio) a sus seguidores en las redes sociales. En Twitter y Facebook el presidente de Estados Unidos ha esparcido impunemente «fake news», teorías de las conspiración, mentiras y manipulaciones.

Ante las críticas por el contenido potencialmente corrosivo vertido en sus dominios, las redes sociales han tenido que hacer propósito de enmienda en el transcurso de los últimos años para evitar que sus plataformas sean un semillero de odio, mentiras y delitos. Pero cada vez que Facebook, Twitter y compañía han actuado con más severidad, se las ha acusado de coartar la libertad de expresión y aplicar alegremente la censura.

¿Quién decide qué puede decirse y qué no en las redes sociales? Es evidente que Twitter y Facebook no tienen la última palabra

¿Puede entonces resolverse tan peliagudo problema? Quizás, pero solo parcialmente. Es evidente que las redes sociales deben ser reguladas, como los medios y los empresas de telecomunicaciones. Pero deben regirse por normas ad hoc porque no son ni medios ni empresas de telecomunicaciones. Son intermediarias, insiste Vorkötter.

La cuestión de quién, en calidad de regulador, debería decidir sobre la admisibilidad del contenido que recala en la red de redes debe ser respondida con claridad y parece por lo pronto que no es una cuestión que competa ni a Jack Dorsey ni a Mark Zuckerberg sino a gobiernos elegidos democráticamente.

Las cosas se complican, no obstante, bastante más cuando entra en liza el contenido. De acuerdo con el borrador de la nueva «Digital Services Act» de la Comisión Europea, todo contenido ilegal, nocivo o falso que vea la luz en internet debe ser eliminado. Pero debería ser eliminado no solo en el seno de la Unión Europea sino también en todos los rincones del planeta (algo que parece a día de hoy del todo imposible en vista de los múltiples regímenes totalitarios que hay a lo largo y a lo ancho del globo).

¿Pero es exactamente ilegal, nocivo y falso como para desaparecer del mapa 2.0? ¿Deben ser vetados en las redes sociales los negacionistas del cambio climático? ¿Y qué sucede con quienes se oponen a las vacunas?

Es evidente que para responder con claridad a estas y otras muchas preguntas se necesitan años de acalorados debates, tras los cuales las minorías no deberían en modo alguno ser silenciadas sino más bien ver protegidos sus derechos.

Aun así, corre el riesgo de que el denominado «overblocking» se cierna sobre las redes sociales en el futuro. Al fin y al cabo, a los políticos se les da generalmente mejor prohibir que permitir. Toda eventual restricción de la libertad de expresión debería ser justificada en todo caso a nivel individual.

Por lo pronto, y hasta que estén meridianamente claras las líneas por las que deberán regirse las redes sociales en el futuro, el «impeachment» de Trump debería haber corrido a cargo de congresistas y senadores. En ningún caso Jack Dorsey y Mark Zuckerberg deberían haber tenido la primera y la última palabra en tal «impeachment», concluye Vorkötter.

 

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