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Por qué los contenidos son detritus malolientes (para chuparse los dedos)

contenidosEl contenido es hoy por hoy la gran obsesión de una industria publicitaria a la que le encanta flagelarse ofuscándose con las cosas más variopintas (y absurdas). Las obsesiones van y vienen en la galaxia «marketera», pero hay una que ha calado hasta el tuétano a los profesionales del sector (y que parece que no quiere marcharse con viento fresco a otra parte). Hablamos del contenido.

Un contenido que bien podría llamarse «excremento». ¿Por qué? Hay una lógica para ello. Todo lo que tiene verdaderamente valor tiene una denominación específica. Si escribimos algo de valor, lo llamamos «libro», «obra», «poema» o «ensayo».

Si, en cambio, de nuestra pluma sale algo que no tiene una denominación específica (y que no es ni un libro ni una obra ni un poema ni un ensayo) y cuyo último objetivo es conectar (supuestamente) con un determinado grupo de público objetivo, entonces estamos hablando de un “excremento” (como una catedral).

¿El problema? Que ese “excremento” se sube después a la red de redes y automáticamente abandona el terreno de la inmundicia para convertirse en “contenido” (aunque en el fondo sigue fiel a su primigenia naturaleza escatológica).

Nunca nos atreveríamos a endilgarle la etiqueta de “contenido” a un soneto, a una película o a una pieza de ballet. Y no lo haríamos jamás porque estas tres cosas tienen (afortunadamente) designaciones formales y exigen talento y habilidades específicas por parte de sus autores. Pero, ¿qué pasa con aquello que ni demanda talento ni habilidades específicas? Que es un “excremento” (simple y llanamente), asegura Bob Hoffman en un post para el blog The Ad Contrarian.

Fijémonos, por ejemplo, en las fotografías que tenemos a bien a hacer con nuestras cámaras (o en su defecto con nuestros smartphones). Las buenas de verdad son arte, retratos o en el peor de los casos simplemente fotografías. Pero las instantáneas que colgamos en Facebook (la imagen del sándwich de atún que estamos a punto de meternos entre pecho y espalda y el selfi que acabamos de tomarnos frente al espejo) son contenidos y como tales quedan reducidos a meros “excrementos”.

¿Merece la pena entonces dejarse la piel alumbrando “excrementos”? Probablemente sí (pero hay que llamar a las cosas por su nombre).

 

Dígame qué café toma (para despertar sus neuronas) y le diré qué tipo de "marketero" esAnteriorSigueinteEstos son los dos nuevos spots de Apple que le harán beber los vientos por su iPhone 6S

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