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Big data: la metamorfosis del mundo en un gigantesco laboratorio de investigación

Los datos generados y almacenados por las distintas disciplinas científicas crecen a la velocidad del rayo. Y para contenerlos, se impone un arte: el arte de sacar las conclusiones adecuadas de esa inmensidad de datos. Pero, ¿en qué estado se encuentra actualmente este arte?

Rick Smolan lleva la revolución en su muñeca. Una aparentemente discreta pulsera, por fuera de goma y por dentro llena de sofisticados sensores tecnológicos, que mide literalmente su vida. “La pulsera controla mi sueño, cuenta mis pasos y me recuerda cuándo he estado sentado durante demasiado tiempo”. Así explica el prestigioso fotógrafo estadounidense las funcionalidades de las pulseras “Jawbone Up”, unas pulseras hechas con la que parece la nueva materia prima del siglo XXI: los datos.

“Nuestros cuerpos emiten señales de manera incesante. Hasta ahora, esos datos no se habían medido ni habían sido utilizados, pero ahora por fin es posible”, apuntaba Smolan durante su intervención en la conferencia digital DLD celebrada el pasado mes de enero en Munich. Sin embargo, no sólo los humanos emitimos constantemente información sino también los smartphones, los automóviles y las máquinas que nos rodean. Es por ello que Smolan habla de big data. Por big data entendemos una inconmensurable cantidad de datos que se multiplica por dos cada dos años y que ha convertido el mundo en un gigante laboratorio de investigación en el que los científicos de los datos se cuelgan la vitola de gurús.

El big data es capaz de procesar datos en superordenadores y está en disposición –y ése es su verdadero arte– de extraer las consecuencias adecuadas de ese maremágnum de datos. Puede prever si un bebé se pondrá enfermo próximamente, cuántos plátanos se venderán en el supermercado al día siguiente, y también quién ganará las elecciones. De hecho, la victoria de Barack Obama en las últimas elecciones estadounidenses tuvo mucho que ver con el big data. El equipo informático del actual presidente de los Estados Unidos ejecutaba cada noche 66.000 simulaciones digitales completas de la jornada electoral y cada mañana las computadoras analizaban ese material establecían las prioridades para cada estado en disputa electoral. En cambio, “Mitt Romey descuidó por completo este importante aspecto. La era del big data hace ya mucho que ha comenzado en la política”, asegura Smolan en su libro The Human Face of Big Data.

El análisis de grandes cantidades de datos comenzó a abrirse camino en el territorio de la ciencia, pero hoy es ya un tema primordial en muchas empresas. “Los pioneros son los anunciantes online que se valen del análisis del historial de navegación de los internautas para diseñar para ellos la publicidad perfecta”, apunta DJ Patil, una de las estrellas más relumbrantes del nuevo “star system” del big data. Patil se encarga de asesorar a las empresas sobre la mejor manera de aprovechar en su propio beneficio el filón del big data. Una tarea nada fácil, pues el big data es a menudo con el sexo adolescente. “Todo el mundo habla sobre ello. Nadie sabe realmente en qué consiste. Todos piensan que los demás lo han hecho, por lo que todos dicen que también ellos lo han hecho”, dice Patil parafraseando a su colega Dan Ariely.

El siguiente paso en el big data son los productos basados en data como los coches autodirigidos de Google y los controles inteligentes asociados a las viviendas que reducen automáticamente el gasto de energía o conectan la alarma cuando sus habitantes se encuentran en peligro. Aun así, “quienes más se están beneficiando de las ventaja del big data son las empresas relacionadas con la logística. El mejor ejemplo es la empresa de comercio electrónico Amazon”, indica Patil.

Los efectos del big data se están dejando notar también en el terreno de la medicina. “Un grupo de científicos de IBM ha analizado los latidos del corazón de los bebés y pueden determinar cuáles de ellos tienen más probabilidades de caer enfermos en el futuro: los bebés con pulso regular”, explica Smolan. Los bebés sanos tienen un pulso bastante irregular. Por el contrario, las pequeñas afecciones que no han sido aún detectadas calman el pulso de los bebés. “Esta constatación es fruto del análisis de los datos. No parte de ningún reconocimiento médico”, subraya Smolan.

La prevención es también el objetivo de Ginger.io. Con la aplicación para smartphones de esta empresa estadounidense, los usuarios pueden recopilar datos sobre sus periodos de calma y actividad y determinar cuándo se encuentran en una fase depresiva. Cuando una persona entra en una fase depresiva, se mueve menos, se comunica menos y permanece más tiempo en casa. Durante este tipo de fases aumenta la probabilidad d que las personas dejen además de tomar sus medicamentos, lo que puede ser peligroso en el caso de los diabéticos, por ejemplo. El desarrollo de este software ha sido promovido por una empresa de seguridad en Estados Unidos. Su objetivo es animar a sus clientes a utilizar esta tecnología para prevenir posibles dolencias y lógicamente ofrecerles también tarifas más favorables si se comprometen a beneficiarse de ella, informa Focus.

El big data esconde, no obstante, también algunos riesgos. Antes de conceder un crédito, algunas entidades bancarias miran, por ejemplo, en el perfil en Facebook del cliente si a éste le gusta la música rap. Este simple dato puede lograr que las condiciones del crédito sean más ventajosas para el cliente o todo lo contrario, que sean menos ventajosas. “Algún analista ha sacado una conclusión de antemano y la incorporado al algoritmo del banco. Para los clientes de los bancos este algoritmo es como una ley que, sin embargo, no conocen”, critica Smolan. Se trata de una ley que no ha aprobado ningún gobierno elegido democráticamente sino un un puñado de programadores de Silicon Valley que no se han sometido a ningún proceso de selección. “No hay ninguna regulación de los algoritmos. Son escritos por personas que no se someten a ningún control. Un pequeño grupo de gente, la mayoría de entre 35 y 45 años, hombres y residentes en Palo Alto, ejerce un gran control en las vidas de muchas personas. Por eso creo que deberíamos regular los algoritmos”, exige Smolan. Al fin y al cabo, cada vez más personas trabajarán en el futuro con los datos. “Todos lo que abandonen la universidad en los próximos años deberán dominar esta tecnología, que será la que gobierne nuestro mundo en el futuro”, profetiza Patil.

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