Marketing

Los "marketeros" son de Marte y los consumidores del planeta Tierra

marcianosLos “marketeros” y los consumidores habitan en planetas completamente diferentes. Los primeros son criaturas complejísimas con costumbres extrañas y creencias de lo más enigmáticas. Los segundos son criaturas muy simples con necesidades básicas y comportamientos absolutamente predecibles en la mayor parte de los casos.

A diferencia de los consumidores, que enarbolan con orgullo la bandera de la simplicidad, los “marketeros” son entrenados para pensar de manera enmarañada. El marketing echa de hecho sus raíces en la convicción de que hay determinadas fuerzas en el cerebro del consumidor que sólo los especialistas más diestros y mejor entrenados son capaces de interpretar y dirigir.

La simplicidad ha sido erradicada del ADN de los “marketeros”. A nadie que se dedique a la noble (y enrevesada) profesión del marketing se le puede tomar en serio si se atreve a sugerir que el comportamiento del consumidor es perfectamente obvio. Es imposible escalar puestos en la profesión “marketera” hablando claro y defendiendo lo que todos en el fondo sabemos pero no nos atrevemos a decir: que la gente compra la mayor parte de los productos porque son más baratos, más bonitos o más eficaces que otros de carácter similar.

Sin embargo, pensar en términos tan simplistamente clarividentes está mal visto en una profesión, la del marketing, a la que le gusta vivir en medio del caos y la confusión. Para labrarse un nombre en el universo “marketero” hay que robarle hoy en día el traje a los pseudosociólogos y a los pseudopsicólogos, explica Bob Hoffman en el blog Ad Contrarian. Hay que pensar (y lo más importante, hablar) de maneras que jamás se le han pasado por la cabeza el consumidor en la historia de la civilización.

Aunque en el fondo son también consumidores, los “marketeros” se han olvidado de pensar como consumidores. Tienen la cabeza hecha un lío con majaderías sobre el supuesto comportamiento del consumidor y no pueden reconocer incluso sus propias motivaciones en aquello que hacen.

Cuando un “marketero” pone a trabajar los enrevesados engranajes de su cerebro se hace preguntas como las siguientes:

– ¿Cómo consigo que los consumidores interactúen con mi marca?
– ¿Cómo conecto la personalidad de mi marca con mi público objetivo?
– ¿Cómo apuesto por la co-creación con mi público objetivo y desarrollo conversaciones con él?

En cambio, por la cabeza del consumidor rondan preguntas mucho más mundanas:

– ¿Hay parking?
– ¿Cómo funciona esto?
– ¿Me están cobrando de más?
– ¿De qué va todo esto?

Los consumidores están enamorados de la claridad y la simplicidad. Los “marketeros”, en cambio, beben los vientos por la complejidad que tanto aborrecen los consumidores. Unos y otros están condenados a no entenderse (por culpa, eso sí, de la cerrazón de los “marketeros”).

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