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Los ad blockers no son el único problema de una publicidad que cada vez está más enferma

enfermoEl rápido auge del ad blocking ha encendido todas las alarmas dentro de la industria publicitaria ante el surgimiento de un nuevo escenario en el que editores, agencias y anunciantes se preguntan en qué momento su modelo se ha vuelto en su contra.

Durante demasiado tiempo los usuarios han sido bombardeados de forma impasible con ingentes cantidades de publicidad que poco o nada tenía que ver con sus intereses y han visto en los ad blockers el gran aliado a la hora de alzar la voz.

Quizás por esto son cada vez más los que ven en los bloqueadores de publicidad online una nueva oportunidad para escuchar a los usuarios y comenzar un nuevo camino en el que la relevancia sea realmente la base sobre la que trabajar. Pero esta es una percepción que aún no está del todo extendida.

Ejemplo de esto son las críticas que ha recibido en los últimos tiempos Brave, un mecanismo desarrollado por Brendan Eich, creador de Javascript y co-fundador de Mozilla Foundation, cuya misión principal es eliminar el contenido publicitario de las páginas que considera como agresivo sustituyéndolo por otro de su propio inventario que cumple con los estándares de no molestar a los usuarios.

Enrique Dans, profesor de Sistemas de Información en el IE Business School explica de forma detallada a través de su blog el funcionamiento de Brave. “Lleva a cabo un reparto de los ingresos obtenidos entre la página del medio (55%), la red que les facilita el inventario publicitario (15%), la propia Brave (15%) y los usuarios (15%)”.

Su actividad ha aumentado aún más si cabe el malestar presente en muchos medios de comunicación como demuestran las cartas que ha recibido la Newspaper Association of America (NAA), a través de las que se pone de manifiesto que su modelo estaría cruzando la barrera de la legalidad.

La compañía no ha dudado en responder ante tales acusaciones afirmando que se ha malinterpretado su modelo de negocio y que se está confundiendo la solución con el problema. Explican que su labor no dista mucho de la realizada por los bloqueadores de anuncios ya que se limita a separar la publicidad del contenido, “bloquea aquella que el usuario iba de todas formas a bloquear, y le ofrece la posibilidad de ganar (o donar) dinero en bitcoins contantes y sonantes por ver esa publicidad”.

Una de las quejas que más exponen desde Brave es que los medios de comunicación se están limitando a enviar advertencias sin haber entendido el modelo de negocio ya que pretenden pagarles un dinero que, sin el uso de este sistema hubieran perdido.

No vamos a negar que los medios cuentan con parte de razón ya que estamos ante la entrada de un intermediario que nadie ha pedido y que se traduce en la pérdida del control sobre sus ingresos. Pero hay que ir un paso más allá.

Los medios de comunicación parece que no han conseguido reaccionar y la única solución que proponen es bloquear a los propios ad blockers. Además, según las últimas decisiones adoptadas por tribunales alemanes el usuario tiene derecho a escoger el contenido que desea consumir y, por tanto puede bloquear la publicidad. Entonces, ¿por qué no iba a poder dar permiso a un tercero para que sustituya la publicidad agresiva por una que cumple con los estándares de calidad?, plantea Dans.

Una opción complicada según el profesor ya que aunque Brave pueda asegurar a los editores unos ingresos que hubieran perdido, a los anunciantes una visibilidad que no tienen y a los usuarios una mejor experiencia de navegación, “la idea resulta una cuadratura del círculo posiblemente demasiado alambicada”.

Puede que la idea primaria con la que ha nacido Brave sea la de convertirse en una especie de agregador de agencias de publicidad que estarían dispuestas a admitir (y seguir) sus directrices a cambio de que sus anuncios sean vistos por los usuarios.

Una opción que no parece que vaya a producirse si tenemos en cuenta que para llegar a ese punto, deberíamos ser testigos de un espectacular crecimiento en la adopción de Brave y la aceptación por parte de las agencias de la entrada de un nuevo (y no deseado) agente, en una cadena de valor en la que seguramente ya existan más intermediarios de los que se necesitan.

La idea con la que debemos quedarnos es, una vez más, que la publicidad está enferma y no parece que la cura se esté desarrollando a buen ritmo. El simple hecho de que existan sistemas como Brave lo deja más que patente mostrando lo desesperante que puede llegar a ser esta situación.

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