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Los ricos regatean la publicidad (con su dinero), los pobres no pueden

¿Es la publicidad un impuesto que pagan solo los pobres?

El profesor de la Universidad de Nueva York Scott Galloway asegura que la publicidad (y la consiguiente renuncia a la privacidad) se está convirtiendo en un impuesto que solo pagan los pobres.

publicidadNo es ningún secreto que en el nuevo ecosistema digital la publicidad, aunque omnipresente, es también víctima constante del escarnio. Nadie quiere toparse de bruces de ella y no sólo porque peca a menudo de bochornosamente mala sino también porque interrumpe la sacrosanta experiencia de usuario.

Quizás por ello en el libro The Four: The Hidden DNA of Amazon, Apple, Facebook and Google el profesor de la Universidad de Nueva York Scott Galloway (célebre por las explosivas declaraciones que brotan de su aceradísima lengua) asegura que "la publicidad se está convirtiendo cada vez más en un impuesto para los pobres".

Y pese a que la frase de Galloway es extraordinariamente lacerante para los oídos, hay mucho de verdad en ella. No podía ser de otra mano en una galaxia, la digital, en la que el valor y la protección de los datos del usuario se están trocando en argumentos para la venta.

Apple se posiciona, por ejemplo, como una empresa que respeta escrupulosamente la esfera privada de sus clientes (que para disfrutar de este privilegio deben pasar, eso sí, por caja y pagar astronómicas sumas por el iPhone y compañía).

Quien tiene dinero se libra de la publicidad y protege su esfera privada y quien no lo tiene se aguanta (no le queda otra)

Google, por su parte, ofrece un sistema operativo para móviles, Android, que está alojado en las entrañas (casualidades de la vida) de smartphones mayoritariamente económicos. En este caso lo que el usuario se ahorra en la compra de su teléfono inteligente (mucho más modesto que el iPhone) debe pagarlo con sus datos personales (los que alimentan en último término la publicidad).

Desde hace tiempo lleva especulándose sobre el posible aterrizaje de la publicidad en Netflix (para que la famosa plataforma pueda seguir creciendo). Y todo apunta a que si los anuncios terminan recalando realmente en el célebre servicio en streaming, lo harán acompañado de tarifas más bajas que las actuales. Quien quiera pagar menos (o directamente no pueda permitirse el lujo de pagar más) deberá ver publicidad. Inconvenientes de ser pobre.

La publicidad se está convirtiendo a la chita callando en un impuesto revolucionario que solo deben pagar los pobres. ¿El problema? Que al estar estrechamente emparentada con los datos personales la publicidad es también una suerte de peaje para aquellos que, por falta de peculio, se ven obligados a renunciar a su propia privacidad en la red de redes.

Pero, ¿es acaso justo y ético que la tan cacareada privacidad personal (y la subsiguiente ausencia de anuncios) pueda comprarse única y exclusivamente con dinero?

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