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La (histórica) falta de honradez política ha corroído la credibilidad publicitaria

caciquePuede que a muchos no les diga nada el nombre de Walter Lippmann. Pero estamos ante uno de los periodistas más célebres de principios del siglo XX, ganador en dos ocasiones del premio Pulitzer. Ahora, más de 40 años después de su muerte sus reflexiones y opiniones cobran más sentido que nunca ante el futuro de la publicidad y las relaciones públicas.

Nos encontramos ante el acuñador de términos tan utilizados como “estereotipo” o “guerra fría”. Su ácida crítica social impregnó sus textos periodísticos haciendo un retrato de la sociedad bastante preciso.

“Cuando las cosas diferentes y desconocidas se comunican a grandes masas de gente, la verdad corre el riesgo de sufrir una considerable distorsión”, afirmaba en uno de sus ensayos en 1955. Si Lippmann pudiese ver la situación política actual de muchos países y sociedades, no creería que estamos viviendo en el siglo XXI.

Política vs Publicidad

Sus reflexiones encajan perfectamente con las declaraciones que nos llegan a diario de la carrera presidencial en Estados Unidos entre Donald Trump y Hillary Clinton. Estamos en una época en la que muchas personas optan por no escuchar los mensajes que les parecen desagradables.

La combinación de las ideas expuestas nos lleva a un escenario en el que la mayor parte de la información que se transmite es insuficiente, incompleta o inexacta. Factores que se traducen en una realidad en la que los hechos no convencen, y las figuras de autoridad no despiertan la misma confianza que hace unos años.

Estados Unidos o España sin ir más lejos, son ejemplos de la aceptación generalizada de la falta de honradez institucional. Un oscurantismo que ensombrece el escenario en el que se presentan el resto de los mensajes. Como por ejemplo los lanzados en publicidad y relaciones públicas.

Una reflexión que plantean desde Ad Age donde toman como punto de partida de esta situación el Watergate. Momento en el que los americanos consideran que la confianza en las instituciones y poderes entró en declive. Una pérdida de confianza y respeto hacia sus mensajes que se extrapola en más ocasiones de las que debería a nuestra querida industria publicitaria.

La publicidad no está exenta de escándalos

Lo cierto es que el mundo de la publicidad no se ha visto exento de escándalos. Desde las mentiras que durante varias décadas las empresas tabacaleras nos hacían llegar hasta el reciente caso de los motores trucados de Volkswagen, los casos continúan repitiéndose.

Creer en algo sin una evidencia científica que lo demuestre resulta ilógico. Pero es algo inherente al ser humano. Ejemplos los encontramos en el debate sobre el calentamiento global, la negación de la teoría de la evolución o las noticias sensacionalistas basadas en rumores que tan buena acogida tienen.

Parece que estamos diseñados de forma predispuesta a creer en lo débil antes que en lo sustantivo. Factor que se traduce en malas noticias para la industria publicitaria: cada vez es más difícil hacer llegar mensajes creíbles.

Una situación que nos lleva a los medios de comunicación e industria de la publicidad a asumir que la aceptación de todo lo que decimos no va a depender de la verdad y los méritos. El elemento que incline la balanza será la forma en la que lo decimos.

Si ya no contamos con la autoridad moral desde la que antaño nos miraban nuestros receptores, tenemos que aplicar de forma diligente el mayor grado de veracidad, exactitud y transparencia si de verdad queremos recuperar la tan añorada posición.

“No puede haber libertad para una comunidad que carece de los medios necesarios para detectar la mentira”, afirmaba nuestro viejo amigo Lippmann allá por 1920. Y es que no puede existir ningún tipo de credibilidad en un mundo que parece que está abnegado a creer.

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