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La publicidad de cosméticos se pinta como una puerta (porque es muy embustera)

cosmeticosBasta echar un vistazo a cualquier cuarto de baño para constatar que todos nosotros (también aquellos que se jactan de ser poco vanidosos) gastamos litros y litros de productos cosméticos. Nos gusta embadurnarnos el rostro con cremas que prometen mantener a raya las arrugas y lavar nuestro cabello con milagrosos champús que prometen devolverle el brillo perdido en un apenas unos minutos.

Muchos de los cosméticos que tienen atestados nuestros cuartos de baño se precian de estar “dermatológicamente probados” y de ser de “eficacia probada”. Pero, ¿cuánto de verdad hay en la supuesta eficacia que anuncian a bombo y platillo los productos cosméticos en sus envases?

Esta pregunta es casi imposible de responder. ¿Por qué? Básicamente por casi todos los estudios que dicen respaldar la eficacia de los productos cosméticos son huérfanos de independencia y están “patrocinados” por el fabricante.

A la ausencia de independencia de los estudios que se desarrollan en el ramo de la cosmética hay que sumar además otro problema: que la mayoría de ellos se lleva a cabo con muy pocos participantes. ¿De verdad debemos creer pies a juntillas que una crema es eficaz porque a un pequeño grupo de 10 mujeres le fue a las mil maravillas (más o menos)?

A diferencia del ramo farmacéutico, donde los efectos de los medicamentos deben probarse (por ley) en centenares de personas antes de su comercialización, en el universo de la cosmética bastan “pseudoestudios” con apenas 10 “conejillos de indias” para que a las marcas se les llene la boca en sus anuncios y en sus envases con los “superpoderes” de sus productos.

Que el envase de un cosmético jure y perjure que ha sido “dermatológicamente probado” no es, por ejemplo, sinónimo de que sea 100% seguro. A veces los cosméticos han sido dermatológicamente probados, sí, pero no con buenos resultados precisamente.

¿El principal problema de la investigación científica en torno a los productos cosméticos? Que es muy poco transparente y en ellas se mezclan muy a menudo churras (fabricantes) con merinas (científicos).

Prueba de ello es que en una investigación llevada a cabo recientemente por el diario alemán Die Zeit, el rotativo no ha sido capaz de encontrar prácticamente ningún científico dispuesto a hablar sin tapujos sobre los ingredientes de los productos cosméticos y, por ende, también de su eficacia.

En el universo de la cosmética cada día aparece una sustancia “milagrosa” nueva, pero ¿hay de verdad “milagros”? Parece que no.

El ácido hialurónico, que promete despertar los cutis fatigados, es efectivo, pero no a largo plazo. La urea reconforta la piel seca, pero también la hace más sensible. Y el retinol que promete “matar” las arrugas las deja en realidad vivas y coleando.

Pero no sólo hay sustancias que poco o nada hacen por nuestra juventud y nuestra belleza sino también sustancias que son potencialmente dañinas para el consumidor. Es el caso de las aceites minerales, sospechosas de causar tumores, los agentes tensioactivos, que son algo así como la “criptonita” de las pieles sensibles, o las sustancias aromáticas de algunos geles y champús, que propician en algunos casos los alergias.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) pone de vez en cuando bajo la lupa a las marcas cosméticas y a sus productos para darles un buen tirón de orejas. Sin embargo, su labor de seguimiento es mucho menos estricta que la que lleva a cabo en la industria farmacéutica.

Afortunadamente, y gracias a internet, el consumidor puede informarse sobre los ingredientes y los principios activos (verdaderos) de los productos cosméticos que hay en su cuarto de baño. ¿El problema? Que la mayor parte de los consumidores no se informan y, aun siendo conscientes de que los cosméticos que compran no obran milagros, los compran con la esperanza de que cumplan una mínima parte de su larga lista de promesas. Se trata al fin y al cabo de un “efecto placebo” (que los fabricantes de cosméticos, que se las saben todas, explotan al máximo).

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