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Los 4 trucos más sucios de la publicidad para "mangonear" a su antojo al consumidor

publicidadLas agencias de publicidad van y vienen. Algunas se mantienen encaramadas en los más alto del "star system" publicitario durante décadas y otras saborean las mieles del éxito durante apenas un año o dos años.

Más allá de las agencias, en la publicidad también sufren altos y bajos los medios. El mailing postal fue antaño el paradigma de la eficacia, al igual que la televisión, que ha sido durante décadas la “niña bonita” de la publicidad. En la actualidad es, sin embargo, la publicidad móvil la que quizás más miradas (y euros) acapara tanto por parte de los anunciantes como de la agencias. Al fin y al cabo, el consumidor ha hecho de los smartphones y los tablets su segunda casa.

No obstante, y por más que pase el tiempo, hay técnicas (o más bien trucos) que no pasan nunca de moda en la publicidad. A continuación, y de la mano de About.com, repasamos las “triquiñuelas” publicitarias más sucias (y certeras):

1. Aspiración
“¿Ves a ese hombre de allí?. El que tiene una novia supermodelo y es dueño una inmensa flota de coches deportivos, de una mansión y de un helicóptero? Es un triunfador y tú también podrías serlo si bebes el mismo refresco que él”. Seguro que en más de una ocasión se ha topado con un anuncio con una trampa tan burda agazapada en sus entrañas, y a pesar de su tosquedad (o precisamente gracias a ella), ha terminado mordiendo el anzuelo. A la publicidad le encanta exagerar y exagerar implica no sólo engrandecer las bondades del producto anunciado sino también sus cualidades aspiracionales. Bombardear a la gente con imágenes de cosas que probablemente nunca tendrán y de personas con las que jamás trabarán amistad es una manera de horadar un poco su propia alma. Y la mejor manera de llenar la oquedad que inevitablemente se le queda al consumidor en el alma al contemplar esas imágenes es comprar el producto o servicio promocionado.

2. Repetición
La forma más básica de repetición es repetir como un loro el nombre de un producto, un número de teléfono o una página en el tiempo (a veces escaso) que dura el anuncio. Los amantes de la radio están seguramente más que bregados en el uso de la repetición en los anuncios. No obstante, hay otra manera de incurrir en la repetición en la publicidad, echando mano, por ejemplo, del mismo portavoz o personaje en múltiples anuncios. Con el tiempo el personaje en cuestión se convierte (para bien y para mal) en sinónimo de la marca anunciada. La repetición puede ser muy efectiva, pero es como una pequeña fuga de agua, lo mismo puede llenar la bañera que inundar (sin prisa, pero sin pausa) la casa. Y esto último no es bueno definitivamente.

3. Datos deliberadamente vagos
El filósofo alemán Friedrich Nietzsche dijo una vez aquello de que “no hay hechos, sólo interpretaciones”. Y no le faltaba razón al intelectual germano, que muy bien podría haberse dedicado a la publicidad. En los anuncios hay muchísimos datos (probablemente no demasiado científicos), pero formulados de tal manera que es imposible ignorar y no creer a pies juntillas. Decir, por ejemplo, que una pasta de dientes elimina un 90% más placa es música para los oídos del consumidor, pero lo cierto es que un dato tremendamente vago. ¿Elimina un 90% más placa que quién? ¿Otra marca de pasta de dientes? ¿O simplemente que el hecho de no cepillarse en absoluto los dientes? Los datos vagos son así. Suenan bien, pero en realidad son huecos (no tienen sustancia alguna).

4. Miedo
El consumidor se siente tremendamente motivado por el miedo, que toma múltiples formas. “Si no compras este producto, algo malo te pasará”. “Si compras el producto de la competencia, te sucederá algo malo”. “Si no utilizas este servicio, tu familia estará en peligro”. “Si no quieres estar arruinado cuando llegues a viejo, necesitas este producto”. El miedo es particularmente efectivo en los anuncios de productos financieros y de productos de limpieza y sobre todo en los anuncios políticos. El 90% de la publicidad política echa raíces en el miedo. Y la triste realidad es que la argucia funciona. No obstante, a veces el miedo está (más o menos) justificado en la publicidad: para alertar de los peligros del tabaco, del alcohol o de los depredadores sexuales, por ejemplo. En este caso, la publicidad, tan aficionada a sacarse miedos de la chistera, trabaja al menos sobre miedos reales.

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