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La neurodiversidad, la gran aliada de los publicitarios

Por qué la neurodiversidad es el carburante de la buena publicidad

A fin de alumbrar las mejores ideas y conectar mejor con la sociedad en la que está imbricada la publicidad debe colgarse del brazo de la neurodiversidad.

neurodiversidadLas mejores ideas, esas que tantísimo necesitan los publicitarios para el buen desempeño de su trabajo, emanan de personas que, radicalmente diferentes entre sí, tienen a bien sentarse juntas a la mesa.

Para prosperar la publicidad necesita de personas diversas, dispuestas a ser agasajadas con conocimiento y cuestionar tal conocimiento, a hacer añicos las reglas, a aproximarse a las cosas desde perspectivas completamente inesperadas, a dejarse llevar por la espontaneidad que hay guarecida en sus entrañas y a colaborar.

La neurodiversidad, que cobija en su seno a todo tipo de personas (disléxicas, autistas, hiperactivas, depresivas o introvertidas), es en realidad una fenomenal ventaja competitiva para la publicidad, argumenta Jennifer Hohn en un artículo para Muse.

De hecho, algunas de las mentes más centelleantes y celebradas de nuestra estaban “cableadas” a todas luces al margen de los estándares. Thomas Edison tenía dislexia y sufría además un trastorno por déficit de atención. Albert Einstein mostraba algunos rasgos de autismo. Pablo Picasso tuvo que lidiar con la depresión. Y Warren Buffett tiene fama de ser un "tiburón de los negocios" extraordinariamente introvertido.

Muchos rasgos que de puertas para afuera son percibidos como una suerte de óbice para la mente hacen en realidad muy buenas migas con la creatividad. Razón de más, por lo tanto, para apostar por la neurodiversidad y dar forma a equipos integrados por personas pertrechadas de formas de pensar radicalmente distintas entre sí.

Como humanos que somos llevamos en nuestros genes el gregarismo y tendemos a poner el acento en lo que nos une a fin de encajar, de sentir que pertenecemos a un grupo. Y por eso estamos también particularmente predispuestos a formar tribus donde los miembros son dueños de pensamientos extraordinariamente uniformes (y confirman los unos a los otros sus propias creencias).

Movidos por el espíritu gregario que está grabado a fuego en nuestro ADN, tendemos a contratar también a personas que son muy similares a nosotros mismos. Y cuando adoptamos este proceder y nos negamos a traspasar la frontera de nuestras propias realidades, echamos a perder toda una pléyade de oportunidades, en particular si nos movemos en la arena de la publicidad.

A fin de sacar punta a su creatividad, los publicitarios deben rodearse de personas que disientan (saludablemente) con sus propios pareceres (y no se limiten a procurarles caricias).

La diversidad no emerge única y exclusivamente de las diferencias de raza y de género. Y tiene que ver sobre todo y ante todo con la colisión de mundos diferentes y la amplificación de las voces individuales (para abrazar así grandes verdades humanas).

En las agencias de publicidad la neurodiversidad es clave para sacar todo su jugo a los “briefings”, alumbrar nuevas estructuras corporativas y añadir un extra de flexibilidad a los procesos de trabajo.

Por sus características, la publicidad está obligada a estar abierta a los pensadores felizmente ajenos a la norma y a hacerles hueco en sus equipos de trabajo.

Apostando por la neurodiversidad la industria publicitaria puede impulsar cambios asombrosos en la sociedad con el último objetivo de desafiar ideas preconcebidas y excesivamente deudoras de la norma (cuyo cascarón hay que resquebrajar a toda costa), concluye Hohn.

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