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La publicidad debe enamorarse de nuevo del negocio (y el negocio es propósito)

Por qué la publicidad debe enamorarse de nuevo (hasta las trancas) de lo que hace

En los últimos tiempos, y obsesionadas con el propósito, las agencias parecen avergonzadas de todo aquello encaminado a la venta (como si el propósito no fuera negocio).

publicidadEn los últimos tiempos de boca de quienes trabajan en las agencias de publicidad salen a borbotones conceptos como el propósito, el cambio climático, el medio ambiente y la justicia.

Obcecados con hacer del mundo un lugar mejor (y salvarlo quizás de la muerte), los publicitarios parecen casi avergonzados de desenvolverse en un universo, el de la publicidad, que ayuda a los anunciantes a vender más.

A las agencias los anunciantes, que han comprendido hace tiempo que el propósito obra en los tiempos que corren un efecto balsámico en sus cuentas, les solicitan abono para pegar el estirón y también material para luchar (sin caer en el oportunismo puro y duro) contra el cambio climático y las injusticias sociales que corroen hoy por hoy al castigadísimo planeta Tierra, señala Claire Beale en un artículo para Campaign.

El propósito está a día de hoy firmemente imbricado en el mundo de los negocios (de todo negocio con ánimo de prosperar y perdurar en el tiempo) y no está reñido en absoluto, como creen algunos publicitarios, con el arte de vender de más (que nada tiene, por cierto, de pecaminoso).

Negocio es propósito (y viceversa)

Durante mucho tiempo las agencias han fracasado estrepitosamente enarbolando la bandera del propósito. Y ahora sintiéndose que quedan rezagadas y apostadas en el vagón de cola, buscan subirse al carro (quizás atropelladamente) del propósito al tiempo que intentan hacerlo compatible con el marcado tinte capitalista de la publicidad. Pero, ¿acaso son incompatibles propósito, publicidad y capitalismo?, se pregunta Beale.

En la nueva década que acabamos de inaugurar el propósito es un ingrediente esencial en todo negocio y no está reñido, por ende, en modo alguno ni con la publicidad ni con el capitalismo de cuyo viento emerge la primera.

Las agencias deben aprender a amar de nuevo (y con arrebatada pasión) lo que hacen, que es vender y simultáneamente dar alas al propósito que habita en las entrañas de toda marca.

A la publicidad se le pide hoy ser campeona en propósito. Y eso, que no entra en modo alguno en contradicción con espolear las ventas de las anunciantes, tiene que ser amado para ser ejecutado de manera excelsa. Negocio es propósito (y viceversa). Es hora de que las agencias lo entiendan y aprendan a amar de nuevo lo que hacen, concluye Beale.

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