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La jerga, el disfraz de los publicitarios que no saben

Por qué los publicitarios que no saben lo que hacen se parapetan tras los "palabros"

Por qué los publicitarios que no saben lo que hacen se parapetan tras los "palabros"No es ningún secreto que a los publicitarios les encantan los “palabros”, los vocablos totalmente vacíos de sentido que utilizan para impresionar a los demás y que “cojean” en lo relativo a la comunicación, que se supone que es el fin último del lenguaje.

El lenguaje puede utilizarse para invitar a la gente a unirse la conversación y también para condenar al ostracismo a los demás. Y eso es precisamente lo que hacen los publicitarios cuando cabalgan a lomos de la jerga.

Cuando los “palabros” emergen a borbotones de sus bocas, los publicitarios tratan de presumir ante los demás de lo inteligentes que son en comparación con el común de los mortales.

Sin embargo, la publicidad tiene que ver sobre todo y ante todo con la comunicación con la gente corriente y moliente (que rehúye lógicamente de los “palabros”).

Si la publicidad aspira a conectar con la gente normal, ¿por qué se empeñan entonces los publicitarios en estar pegados como lapas a jerga absolutamente incomprensible?

Básicamente porque sienten que utilizando ciertos “palabros” se impregnan a ojos de los demás de una importancia impostada, explica el publicitario británico Dave Trott en un post publicado en su blog.

Los publicitarios utilizan un lenguaje que está pensado deliberadamente para ofuscar, para confundir al que lo escucha. Se trata de hacer creer a quien se toma la molestia de escucharles que su trabajo es tan técnico (y sofisticado) como el que pudiera desempeñar un médico, un científico, un abogado o un ingeniero.

El abstruso lenguaje tras el que se parapetan tan a menudo los publicitarios está pensado para excluir a la gente, para dejarla apartada de su selecto club (la publicidad).

Albert Einstein dijo una vez que aquellos que se veían incapaces de explicar algo a un niño de once años daban muestras más que inequívocas de que lo explicado escapaba en realidad a su entendimiento.

Y lo cierto es que la mayor parte de quienes se dedican profesionalmente a la publicidad, insiste Trott, se las ven y se las desean para explicar los vericuetos de su profesión en un lenguaje perfectamente comprensible para un niño de once años.

¿La conclusión? Que si hacemos caso del bueno de Einstein, los publicitarios no comprenden muy bien lo que hacen. Y por eso precisamente utilizan un lenguaje incomprensible, para disfrazar el hecho (vergonzoso) de que lo que hacen escapa a su comprensión.

Si los publicitarios emplearan un lenguaje ordinario y totalmente comprensible, quedaría instantáneamente claro quién sabe lo que hace y quién no. Y los mejores publicitarios estarían en posición de describir su quehaceres laborales en un lenguaje perfectamente inteligible.

No obstante, en los tiempos que corren no son los publicitarios capaces de explicar lo que hacen en un lenguaje llano y comprensible los que acaparan todos los flashes. El foco está puesto en los publicitarios expertos en el arte de disfrazar con palabras abstrusas una sapiencia publicitaria de la que adolecen en realidad por completo, concluye Trott.

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