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La publicidad nos hace al parecer más infelices

Publicidad e infelicidad: ¿se nos pone la cara larga por culpa de los anuncios?

De acuerdo con una investigación del profesor Andrew Oswald de la Universidad de Warwick, el aumento del gasto en publicidad es directamente proporcional al declive en la felicidad del consumidor.

infelicidad¿Se ha parado alguna vez a pensar en el origen de su infelicidad galopante? Motivos para ser desdichado hay muchos y parece que uno de ellos es (quién lo diría) la publicidad.

De acuerdo con una investigación liderada por el profesor Andrew Oswald de la Universidad de Warwick, cuanto más aumenta el gasto en publicidad, más miserable se siente la gente.

Los anuncios nos hunden al parecer en la miseria porque nos hacen desear aquello que no tenemos o que directamente no podemos tener (por cuestión de peculio).

"La idea es en realidad muy vieja. Antes de decidir lo felices que somos, tenemos que mirar más allá, de manera consciente o inconsciente, para comprobar cómo les va a los demás", explica Oswald.

Cuando la publicidad nos bombardea con sus mensajes, se agudiza también nuestra ansiedad por alcanzar un determinado estatus (una ansiedad que todos los humanos llevamos lamentablemente de serie).

Para llevar a cabo su estudio Oswald y su equipo compararon los datos relativos a la satisfacción vital de más de 900.000 ciudadanos europeos procedentes de 27 países diferentes con las cifras de inversión publicitaria en el periodo comprendido entre 1980 y 2011. ¿La conclusión? Que cuanto más pega el estirón el gasto publicitario, más se desploma la satisfacción de los ciudadanos.

¿Es el resultado de esta investigación una condena (otra más) que la industria publicidad debe cargar sobre sus hombros? ¿Son acaso los publicitarios los enemigos número uno de la felicidad? ¿O quizás hay en todo ello una lectura mucho más profunda?

El gasto en publicidad está estrechamente emparentado con el consumo. Cuando el consumidor tiene más ingresos a su disposición, su lista de problemas también cambia: pasa de preocuparse por temas verdaderamente enjundiosos como la violencia y la seguridad en las calles a hacerlo por cosas impregnadas de superficialidad como tener el mejor teléfono, el mejor coche o el mejor reloj.

La publicidad no es la responsable última de la infelicidad del ser humano, pero debería apelar, eso sí, a lo mejor de las personas 

Pero lo cierto es que, puestos a ser infelices, es mejor serlo por lo segundo que por lo primero. Así lo dicta la célebre jerarquía de necesidades de Maslow, asegura Sue Unerman en un artículo para Campaign.

La felicidad es una emoción terriblemente escurridiza. Como seres humanos que somos el bienestar que hemos conseguido alcanzar nos sabe a poco y deseamos siempre aquello que no tenemos (lamentarnos es nuestro "leit motiv"  aunque el objeto de nuestro lamento sea insultantemente trivial).

Puede que la publicidad no nos procure calma psicológica, pero ese tampoco es su rol. Ese papel lo asumen disciplinas como el arte, la música, la literatura, la religión o la espiritualidad.

La investigación de Oswald no se sino una descripción de lo que sucede cuando la naturaleza humana se cuelga del brazo del confort y deja atrás condiciones de estrés en lo que lo más importante es la seguridad y la propia supervivencia.

Así como es inevitable que un niño no ponga los ojos en el juguete de su hermano (por el mero hecho de no tenerlo), es también inevitable que el deseo de echar el guante a aquello que no tenemos sea azuzado hasta cierto punto por la publicidad.

Si bien es cierto que la publicidad no puede ser la responsable última de la felicidad de la gente (sería injusto colocar sobre ella semejante carga), sí debería esforzarse por apelar a lo mejor del ser humano. ¿Cómo? Mediante una amalgama de propósito y comercio. Es lo que hizo, por ejemplo, Skittles en su día cuando retiró el arcoíris de su packaging para dar visibilidad a la comunidad LGBT.

La publicidad no es en modo alguno el origen de todos los males, pero debería renunciar a echar raíces en los peores instintos del ser humano para cobijarse a la sombra de lo mejor de las personas (que lo hay), concluye Unerman.

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