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¿Puede salir la industria publicitaria del hoyo en el que se ha metido a sí misma?

hoyoAunque le cuesta horrores reconocerlo, la industria publicitaria está en un grave apuro. ¿La buena noticia? Que puede que (después de todo) haya una solución para rescatar a la publicidad del hoyo en el que ella misma ha tenido a bien meterse.

No obstante, antes de diseccionar esa posible cura a los males que acucian en la actualidad a la industria publicitaria, debemos comenzar por definir el problema. ¿Y cuál es el problema? Básicamente que ya nadie confía en los publicitarios.

Los anunciantes les han retirado su confianza (y están apostando cada vez más por el “yo me lo guiso, yo me lo como” a la hora de hacer publicidad). Tampoco los consumidores se fían un pelo de los publicitarios (y sus triquiñuelas).

Y el talento, que siempre corrió a raudales por la venas de la industria publicitaria, es cada vez más escaso y el poco que queda se está marchando con viento fresco (y más dinero en el bolsillo) a otra parte.

Pero, ¿por qué se está quedando huérfana de confianza la publicidad? Hay al menos cuatro maneras distintas de responder a este pregunta.

En primer lugar, la publicidad online ha convertido a los publicitarios en unos mentirosos redomados que fingen no saber nada del fraude asociado a esta disciplina y que simulan poner en manos de sus clientes métricas fiables.

Por otra parte, la calidad de la publicidad online huele a podrido desde hace muchísimo tiempo. Su estética (feísima) poco o nada tiene que ver con la edad dorada de Madison Avenue.

En tercer lugar, los publicitarios se han convertido en cómplices de los criminales. Con la publicidad online como tapadera, hay actualmente en la red de redes una tupida red de negocios maliciosos (pero los publicitarios se empeñan en mirar hacia otro lado).

Y finalmente, en su afán por rastrear todos y cada uno de los pasos del consumidor, los publicitarios están “asesinando” la privacidad personal, que es (no casualmente) uno de los principales pilares de la democracia.

Lo más triste de todo es que el problema que tiene sumida en la miseria más absoluta a la industria publicitaria ni siquiera es publicidad de verdad.

El problema hunde sus raíces en el denominado “ad tech” o lo que es lo mismo, el rastreo incansable de los movimientos del consumidor y la venta a terceros de los datos recopilados.

En realidad no hay razón para que la publicidad online no pueda tener éxito. No hay razón para que la gente odie tanto a la publicidad online. No hay razón para que los publicitarios sean embusteros y cómplices de criminales.

Nada de todo esto es necesario. Al fin y cabo, la publicidad sobrevivió (y triunfó) durante décadas sin necesidad de espiar como a un sabueso al consumidor y si sobrevivió (y triunfó) entonces, puede hacerlo también en la red de redes.

Para sobrevivir (y salir del hoyo), la industria publicitaria necesita dejar de acechar al consumidor y comenzar a utilizar internet como el resto de los medios, asegura Bob Hoffman en un post para el blog The Ad Contrarian.

Si la publicidad online (tal y como la conocemos hoy) fuera eficaz, el fin justificaría quizás los medios. Pero lo cierto es que no así. La mayor parte de la gente odia la publicidad online y la odia porque ésta se ha pasado de la raya miles de veces (y sigue cometiendo todo tipo de tropelías).

¿Qué impide a los publicitarios dar esquinazo al “ad tech”, ese que los ha convertido una suerte de apestados? Nada en realidad. Librándose de él, los publicitarios serían más felices, los consumidores serían más felices y los clientes acabarían también siendo más felices.

Facebook y Google no serían más felices, pero la felicidad de unos pocos no debería estar por delante de la felicidad de la mayoría, ¿o sí?

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