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Si la envidia fuera tiña, la publicidad estaría llena de tiñosos

envidiaEs casi un ritual en el universo publicitario: una agencia comente la insolencia de imponerse en un "pitch" y echarle el guante a la jugosa cuenta del cliente X o de ganar muchísimos premios en el festival X, y casi inmediatamente comienzan los cuchicheos. A saber, que todo ha sido "tongo", que la agencia ha echado mano del "dumping", que ha habido plagio... Todo vale con tal de echar por tierra los triunfos ajenos.

Guardar un comedido silencio o felicitar a la agencia rival por sus éxitos es algo que a algunos se les antoja como un signo de debilidad. Y como es un signo de debilidad, hay que despotricar, escudándose muchas veces en el anonimato de las redes sociales, contra quien tiene la osadía de triunfar (inmerecidamente al parecer).

Que en la industria publicitaria haya tantos envidiosos es probablemente síntoma del grave complejo de inferioridad que hay en este gremio. Probablemente en ningún otro sector haya tantos rankings como en el ramo publicitario. Y tanto ranking (a veces inútil) alimenta, por una parte, el egocentrismo, y por otra, la envidia.

La publicidad es definitivamente un deporte de combate en el que unos cuantos amargados (los propios publicitarios) hacen todo lo posible por demostrar que la última campaña de un rival, esa que tanto gusta a todo el mundo, es sospechosamente similar a otra de hace 30 años.

En vez de volcar todas sus fuerzas en alumbrar buenas ideas para sus clientes, a muchos publicitarios se les fuerza creativa por la boca en criticar a la competencia y buscar plagios que en realidad no son tales, explica Peter Brauer en un artículo para W&V.

Es el viejo truco del entrenador que no quiere aceptar la derrota: mirar con lupa los fallos en el rival y pasar de puntillas por los fallos propios. A ese truco recurren muchos agencias cuando constatan que esa cuenta que tanto codiciaban ha recaído en manos de la competencia o cuando salen con las manos vacías (o menos llenas de lo esperado) de un festival publicitario.

Si las agencias se divorciasen de una vez por todas de ese viejo y manido truco, serían por fin conscientes de sus errores y quizás con un poco de suerte (y mucho trabajo) ganarían la partida a la competencia en el próximo “pitch” o festival. Eso sería, no obstante, mucho pedir a la publicidad, a la que le encanta revolcarse en el barro de la envidia.

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