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Por qué los publicitarios se creen un fraude

El "síndrome del impostor" corroe por dentro a los publicitarios (y los clientes tienen la culpa)

El "síndrome del impostor" corroe por dentro a los publicitarios (y los clientes tienen la culpa)El escenario en el que se desenvuelven hoy en día los publicitarios poco o nada tiene que ver con el de hace unas décadas, cuando había más agencias independientes y los holdings no eran tan monstruosamente grandes (y casi inaprehensibles) como lo son hoy en día.

Todo ha cambiado en la industria publicitaria durante los últimos 30 años. Ha cambiado el trabajo, han cambiado las estructuras de las agencias, han cambiado los propietarios de las agencias y ha cambiado también el estado de ánimo (peligrosamente a la baja) de los publicitarios, explica Malcolm White en un artículo para Warc.

Muchos de quienes hoy se ganan la vida con la publicidad presentan síntomas inequívocos del denominado “síndrome del impostor” (el sentimiento de ser un fraude y el miedo a ser destapado como tal en cualquier momento).

Aunque los publicitarios han presumido siempre de tener una confianza en sí mismos a prueba de bomba, en los tiempos que corren andan permanentemente con la soga al cuello por culpa de clientes cicateros que tienen además poco o nulo respeto por el ejercicio de su profesión, denuncia White.

La volatilización del respecto que antaño sentían los clientes por los publicitarios se traduce en fechas tope cada vez más apuradas, en emolumentos cada vez más exiguos y en posibilidades cada vez más escasas de que las recomendaciones hechas por las agencias sean escuchadas por el cliente.

En medio de esta tormenta perfecta, la provocada por la pérdida de valor del trabajo llevado a cabo por los publicitarios, han salido a flote “tiburones” como las consultoras y las grandes empresas tecnológicas que amenazan con robar el pan a las agencias de toda la vida.

Cuando se comparan con consultoras y compañías “techies” (para las cuales el Big Data y la inteligencia artificial no albergan ningún secreto), las agencias sienten que son menos “listas”. Y que su “superpoder”, la creatividad sin aditivos, se queda enano si se confronta con los múltiples “superpoderes” de las consultoras y las empresas tecnológicas (más grandes y también más ricas).

Si los publicitarios desean liberarse del “síndrome del impostor” que les corroe por dentro, deben identificar el problema, discutir abiertamente sobre el problema de marras y volver a poner el foco en aquello que les hace verdaderamente únicos (y poderosos): la creatividad.

La publicidad está “tocada” y debe someterse a terapia cuanto antes si no quiere que el “síndrome del impostor” que padecen sus profesionales deje de ser un mero síndrome (un engaño de la mente) para convertirse en una realidad, concluye White.

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