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3 efectivos (y algo perversos) trucos de persuasión que puede aprender de Steve Jobs

Aunque Steve Jobs tenía fama (absolutamente merecida) de genio, lo cierto es que no era un hombre precisamente simpático. Dueño de un mal genio absolutamente proverbial, el que fuera consejero delegado de Apple inspiraba admiración y temor a partes iguales entre sus subordinados.

Dueño de una fenomenal amalgama de carisma y tácticas a todas luces manipuladoras, Jobs era un auténtico maestro de la persuasión. Y de él es posible aprender los trucos (teñidos de cierta vileza) que disecciona a continuación Inc.:

1. Sea brutalmente honesto

Jobs valoraba la honestidad en su vertiente más brutal porque ésta tiene no sólo un efecto balsámico en los negocios sino que sienta además las bases de estándares extraordinariamente elevados, y refleja muy atinadamente la importancia del trabajo que hay entre manos para que nadie se extravíe y pierda el foco.

Cuando Jobs se topaba de bruces con algo que no era de su agrado, no se arredraba y da voz a su opinión. Creía, al fin y al cabo, que su trabajo era ser honesto (por el bien de su propia empresa).

2. Cambie de opinión (pero finja que no lo hace en realidad)

Cuando Jobs se avenía a cambiar de opinión, fingía que su nueva opinión había sido siempre su opinión (sin que hubiera habido canje de por medio). En este sentido, el gurú de Apple era absolutamente despiadado apropiándose de ideas ajenas cuando así le convenía.

Enfrentado a las ideas de sus subordinados, Jobs tendía a descalificarlas, pero más tarde, tras haberlas diseccionado con más detenimiento, volvía a sacarlas a relucir presentándolas como si fueran propias (convenciendo así a todo el mundo de su fingida infalibilidad).

4. Utilice los halagos de forma estratégica

Algunos argumentan que para ser un buen líder hay que ser buena persona (y estar ungido con elevadas dosis de honestidad, humildad y empatía). Jobs no compartía esta opinión.

Y aunque acostumbraba a despreciar las ideas emanadas de las mentes de sus colaboradores (a quienes en el fondo admiraba), estaba también más que dispuesto a valerse de las lisonjas para ganarse el favor de personas cuyo apoyo necesitaba pero no necesariamente admiraba.

Cuando quería (y le convenía), Jobs era un halagador consumado con personas ávidas de adulación. Así convenció, de hecho, a John Sculley (procedente de PepsiCo) de que se uniera a Apple en 1983.

Jobs tenía la habilidad de ser terriblemente encantador con personas que odiaba y ser, por el contrario, atroz con personas que resultaban en realidad de su agrado. Y esa habilidad, aunque repudiable, le llevó a lo más alto.