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No debería creer (por nada del mundo) estos mitos sobre la innovación

4 mitos sobre la innovación que le cegarán con su centelleante (y falsa) purpurina

En torno a la anhelada innovación hay todo un enjambre de mitos que, pese a estar disfrazados de verdad, ponen en un auténtico brete a quienes se arriesgan a creerlos.

innovaciónEn torno a la innovación, que se ha convertido en los últimos tiempos en el codiciado objeto de deseo de todas las empresas, hay hilvanada una intrincandísima retahíla de mentiras que algunos se empeñan, sin embargo, en creer a pies juntillas.

Teñidas de purpurina (capaz de cegar las entendederas de hasta los pretendidamente más sabios), las mentiras sobre la innovación son muchas y muy variadas. Y provistas de una carcasa sorprendentemente similar a la verdad se las ingenian para dar gato por liebre a todo aquel que tiene a bien escucharlas.

Los mitos sobre la innovación a los que por nada del mundo debería dar pábulo son estos que disecciona a continuación Inc.:

1. La innovación de carácter disruptivo siempre es mejor

La innovación disruptiva es un concepto que tiene enamorados hasta las trancas a todos cuantos se topan de bruces con él.

¿El problema? Que la disrupción es un bien extraordinariamente escaso. Y tiene a bien hacer acto de presencia una vez cada diez años (como mucho). Además, algunas innovaciones a las que algunos endilgan (quizás precipitadamente) la etiqueta de disruptivas no siempre lo son tanto como parece a simple vista. Los libros de papel, a los que muchos extendieron el certificado de defunción con la entrada en escena de los e-books, siguen vivos y coleando (síntoma más que evidente de que los libros electrónicos no resultaron ser tan disruptivos como algunos se empeñaron en gritar a los cuatro vientos).

La innovación de carácter disruptivo es peligrosa porque su foco está puesto no tanto en la tecnología (y en las mejoras a ella asociadas) como en la ruptura de modelos de negocio (lo cual se traduce inevitablemente en problemas).

Fijémonos, por ejemplo, en Uber y Airbnb. El triunfo de estas dos empresas no se debió a la invención de tecnologías radicalmente diferentes sino a que pusieron contra las cuerdas a empresas ya establecidas en el mercado. Ni Uber ni Airbnb alumbraron nuevas tecnologías parar resolver un problema, más bien crearon un problema de nueva hornada al que la tecnología ya existente debía procurar solución.

2. La innovación acumulativa no es en realidad innovación

Muchos desdeñan la innovación acumulativa (aquella que prefiere ir paso a paso) y consideran que, huérfana como es de todo carácter rompedor, ésta no merece realmente el nombre de innovación.

Quienes ningunean a la innovación de tipo acumulativo ponen a menudo como ejemplo a Steve Jobs y Apple, que innovaron a lo grande como productos como el iPod y el iPhone.

Los que con tantísimo ahínco critican la innovación acumulativa se olvidan, sin embargo, de que el iPod y le iPhone fueron posibles por mejoras acumulativas en los procesadores y otras tecnologías aledañas. De manera similar, el éxito de Elon Musk y Tesla echa raíces en las mejoras acumulativas en las baterías de ion de litio.

La innovación, por mucho que algunos sostengan lo contrario, se edifica sobre los pilares de las mejoras acumulativas. Por eso precisamente las empresas verdaderamente inteligentes se rigen por la regla del 70-20-10 cuando hincan el diente a la innovación. Y dedican, por consiguiente, el 70% de sus recursos a las innovaciones acumulativas, el 20% a las oportunidades adyacentes y el 10% restante a las nuevas oportunidades.

3. La innovación precisa de agilidad

Algunos no se cansan de repetir que la rapidez es un “must” en los tiempos que corren y que todas aquellas empresas lastradas por la lentitud (a la hora de adaptarse a los cambios) están condenadas a morir.

Que esta creencia es radicalmente falsa lo ejemplifica a la perfección una empresa tan veterana como icónica: IBM. Calificada mil veces de “dinosaurio”, esta compañía “cocina” sus innovaciones a fuego lento y no tiene miedo de enfrentarse a problemas que tardan años (e incluso décadas) en resolverse.

4. La innovación tiene que ver con las ideas

Es cierto que detrás de toda gran innovación hay una buena idea (pero también muchos fracasos). Para saber si lo que sobre el papel parece una buena idea funciona o no hay que ponerla en práctica y cuando una idea se ejecuta, el fracaso está siempre a la vuelta de la esquina. Y el fracaso, aunque inevitable (y hasta necesario), es profundamente doloroso.

Precisamente por esta razón las empresas verdaderamente innovadoras no buscan tanto ideas increíblemente buenas como problemas que resolver. Un buen problema abre la puerta al sentido del propósito y es aquí de donde emanan realmente las buenas ideas.

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