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El sinsentido de buscar a toda costa la felicidad para terminar siendo más infeliz

¿Adiós "chief happiness officers"? Es hora de defenestrar la corrosiva "positividad tóxica"

La positividad (en su vertiente más tóxica) nos impide a menudo lidiar con las causas que hay agazapadas en nuestra infelicidad.

positividad toxica

Autora de la imagen: Olga Semklo

Durante las últimas décadas, y conscientes de la impenitente pesadumbre que destilan por todos los poros sus empleados, las empresas se han obsesionado (hasta la náusea) con intentar levantarles el ánimo.

Google y otras muchas compañías han instaurado en sus dominios la figura el "chief happiness officer" y un nutrido ejército de expertos hablan por los codos sobre los beneficios de la felicidad y por qué ésta debe echar raíces extraordinariamente profundas en el universo empresarial.

Es evidente que ser feliz es un objetivo más que loable (aunque la definición de la felicidad obedece en realidad a múltiples variables), pero, llevada al extremo, la persecución (sin cuartel) de la dicha puede tornarse también en terriblemente corrosiva.

Los peligros que algunos advierten en la denominada "positividad tóxica" son particularmente relevantes en un momento en el que muchos tratan desesperadamente de sonreír y poner al mal tiempo buena cara en tiempos de pandemia.

Puede que si nos sentimos mal cuando vamos a en busca de la felicidad no sea tanto por intentar abrazar la felicidad equivocada sino por el propio proceso de búsqueda (que es el que en último término baquetea con inusitada fuerza nuestra alma).

Tradicionalmente cuando pensamos en las personas tóxicas, vienen a nuestra mente los manipuladores, los quejicas y los "drama queens" (todas esas personas que añaden un extra de negatividad a nuestro día a día). Sin embargo, también aquellas personas que nos restriegan su (presunta) felicidad por los morros pueden ser extraordinariamente nocivas.

Cuando la búsqueda obsesiva de la felicidad se torna paradójicamente en más infelicidad

"Estamos ante un problema cuando la gente se ve forzada a mostrar una actitud positiva en situaciones en las que no es natural hacer gala de tal actitud o cuando hay un problema que para ser abordado adecuadamente necesita cierta dosis de angustia", explica Stephanie Preston, psicóloga de la Universidad de Michigan Ann Arbor, en declaraciones a The Washington Post.

La positividad (en su vertiente más tóxica) nos impide a menudo lidiar apropiadamente con las causas que hay agazapadas en nuestra infelicidad y puede hacernos también sentir culpables por ser incapaces de irradiar alegría.

"Nos juzgamos a nosotros mismos por sentir dolor, tristeza y miedo y ello nos termina generando sentimientos de culpa y vergüenza", enfatiza Preston.

"Al final terminamos sintiéndonos mal por sentirnos mal. Y ello enfanga nuestro proceso de recuperación y de resolución de problemas", subraya, por su parte, Natalie Dattilo, psicóloga del Hospital para Mujeres de Boston.

De acuerdo con abundante literatura científica en relación con este asunto, cuando perseguimos de manera excesivamente denodada la felicidad, nos distraemos a la hora de buscar soluciones a nuestros problemas y sacrificamos valores como el propósito y el espíritu de sacrificio (que son mucho mejores predictores de la felicidad).

¿La conclusión? Que en los tiempos turbulentos que corren los líderes que insisten en hacer sonreír de manera forzada a sus empleados pueden toparse paradójicamente con más infelicidad (que repercute en último rendimiento en el rendimiento de su plantilla).

La felicidad desbordada puede ser también tóxica, por lo que las charlas motivacionales con las que algunos jefes tienen a bien bombardear a sus trabajadores pueden ser más perjudiciales que beneficiosas.

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