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Las compras de búnker, tan alocadas como diferentes en cada país

Compras de búnker: del papel higiénico a los condones pasando por el vino (y tiro porque me toca)

Con las compras de búnker el consumidor (sea cual sea su procedencia) siente que está haciendo algo y está a salvo por un momento del lóbrego retrato que hacen los medios de la pandemia.

papel higiénico

Autor de la imagen: Julio Ramos

Las denominadas compras de búnker están a la orden del día en tiempos de coronavirus. Todo el mundo desea llenar la despensa hasta la bandera ante lo que parece un escenario absolutamente apocalíptico y más emparentado a bote pronto con la ciencia ficción que con la realidad pura y dura.

Sin embargo, lo cierto es que las compras de búnker son radicalmente diferentes en función del país donde tiene su hogar el consumidor. En Alemania, por ejemplo, sus habitantes (obsesionados hasta la médula con la productividad) se sienten hasta cierto punto huérfanos de sentido vital ante la paralización de la producción a la que les ha abocado el coronavirus. Quizás por ello, y aferrados como un clavo ardiendo a la producción más primigenia del ser humano (el acto de defecar), los alemanes dan prioridad al papel higiénico en sus compras de búnker, explica Ines Imdahl, directora de la empresa de investigación de mercados Rheingold Salon, en un artículo para Horizont.

Pertrechados de toneladas y toneladas y papel higiénico, el pueblo germano siente que sigue teniendo de alguna manera bajo control su propia productividad (aunque sea en su vertiente más escatológica).

El ansia por la producción que tantísimo horada la mente de los alemanes en los tiempos que corren (y que se refleja al parecer en su obsesión por el papel higiénico) toma formas radicalmente distintas en otros países.

El papel higiénico, ¿la táctica del consumidor para tener bajo control su propia productividad?

En Francia sin ir más lejos la gente prefiere olvidar arrojándose para ello en los brazos los efluvios alcohólicos provocados por la ingesta de vino tinto y también del fornicio (para lo cual es vital aprovisionarse de un buen número de condones). Desde el punto de vista psicoanalítico los ciudadanos del país vecino tienen un fijación por lo oral e incluso por lo fálico en los tiempos de crisis, dice Imdahl.

Si el presidente de Francia envía metafóricamente a sus compatriotas «a las armas» a fin de derrotar al coronavirus, los estadounidenses no se andan con metáforas y empuñan las armas en el sentido literal.

Es típico de la cultura estadounidense. Ante la que se perfila como una contienda extraordinariamente cruenta los americanos se refugian en lo que para ellos resulta más obvio: las marcas, esas con las que van a defender sus casas de los invasores extranjeros (parafraseando la manera en que Donald Trump se refiere al coronavirus).

Los alemanes, por el contrario, luchan contra la pandemia pertrechados de desinfectante. Para ellos la guerra (contra los gérmenes, la bacterias y los virus) se libra dentro de casa. Y afanarse en tareas de limpieza es para ellos una manera de seguir sintiéndose activos y productivos.

Con las compras de búnker el consumidor (sea cual sea su procedencia) siente que está haciendo algo y está a salvo por un momento del lóbrego retrato que hacen los medios de la pandemia.

Que los medios y los políticos insten al consumidor a abandonar las compras de búnker no hace sino acelerar aún más la tendencia. Al fin y al cabo, el alma humana se cree totalmente ajena a la negación y tiende a hacer justo lo contrario de lo que se le pide, concluye Imdahl.

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