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El ciclo de vida del producto ha cambiado: bienvenidos al consumo colaborativo

"Algún día miraremos al siglo XX y nos preguntaremos por qué poseíamos tantas cosas", asegura Bryan Walsh en su artículo en TIME sobre el consumo colaborativo. Y es que, ¿cuántos de nosotros tenemos una taladradora en casa guardada al fondo del armario? Según Rachel Botsman, coautora del libro "What's mine is yours: The rise of collaborative cosumption" (Lo que es mío es tuyo: el nacimiento del consumo colaborativo), cada ciudadano la utiliza entre 12 y 13 minutos a lo largo de toda su vida. Y como las taladradoras otros tantos objetos que acumulamos en nuestras casas y que casi nunca, o nunca, llegamos a utilizar.

Pero frente a la acumulación de bienes en propiedad característica de las sociedades ricas, cada vez son más los defensores del consumo colaborativo, un modelo de consumo que en 2011 fue seleccionado por la revista TIME como una de las diez ideas que cambiarán el mundo.

Pero, ¿realmente tenemos tanto? Según WWF Francia, en nuestros hogares almacenamos entre 3.000 y 4.000 objetos, 15 veces más que nuestros abuelos. Además, si tratáramos de trasladar todas nuestras pertenencias de una casa a otra, tendríamos que mover entre 30 y 40 metros cúbicos de pertenencias, según la empresa de mudanzas Zarza. Lo que supondría de 60 a 100 cajas, aparte de los muebles. Y la cantidad aumentaría si en la casa hay muchos libros, juguetes, vajillas, etc.

Y ante tanta acumulación, la sociedad, o por lo menos algunos sectores, impulsada por internet y la cultura digital, está empezando a considerar formas de consumo más sociales que, probablemente, vayan asentándose a lo largo del siglo XXI. Los contenidos digitales de música, cine, libros o series nos están demostrando que ya no es tan importante ser propietario de algo físico como poder tener acceso a ello. Y gracias a la tecnología, que nos mantiene en constante conexión, es más fácil que nunca intercambiar y colaborar con otras personas, como recuerda Clemente Álvarez en Ecolaboratorio.

Por otro lado, la crisis económica que parece que no está dispuesta a marcharse, las consecuencias del endeudamiento de las familias y los límites de un sistema basado en el consumo constante, están aumentando el atractivo y dando un mayor sentido al consumo colaborativo.

El consumo colaborativo puede adoptar distintas formas, que se pueden agrupar en tres tipos distintos, según explicó Botsman en una charla de TED:

1. El mercado de redistribución: cuando algo ya no nos sirve, podemos vendérselo a otra persona, cambiarlo o regalarlo. Alargaremos la vida de los objetos aplicando las 5 “r”: reducir, reutilizar, reciclar, reparar y redistribuir.

2. Estilo de vida colaborativo: se basa en intercambiar recursos, como dinero, habilidades o alojamiento. Esto se lleva a cabo en los centros de “coworking”, en los viajes de “couchsurfing”, que son el método de consumo colaborativo más popular por ahora, los bancos de tiempo o el landshare. También se intercambian plazas de garaje o almacenes.

3. El servicio de productos: la idea es comercializar servicios y no productos. Por ejemplo, no comprar lavadoras, sino pagar por utilizar las de una lavandería, o no comprarse una bicicleta, sino aprovechar las de los servicios de alquiler. Esto se puede aplicar a todo tipo de objetos y utensilios, incluso coches, como se hace en París.

En cuanto a las ventajas medioambientales, parece lógico que al compartir objetos o máquinas el impacto medioambiental será menor, ya sea por compartir un coche para ir al trabajo o evitar que se fabriquen demasiados artículos iguales. Pero no siempre es así.

Oksana Monte demostró en su tesis doctoral en el International Institute of Industrial Environmental Economics de la Universidad de Lund (Suecia) demostró que el impacto sobre el medio ambiente es menor cuando el consumo compartido se da entre miembros de una misma comunidad, pero cuando el lugar de alquiler está alejado, las emisiones de CO2 eran mucho mayores por los desplazamientos que por la existencia de objetos iguales. Por eso, el diseño y la eficacia de la red de colaboración serán la clave en el impacto que tenga el consumo colaborativo sobre el bienestar y el medioambiente.

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