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Ser jefe es una cuestión de carácter (que muchos no tienen)

La empatía de algunos líderes en tiempos de coronavirus: "error 404 not found"

La frialdad y la falta de empatía (esa que algunos ejecutivos son incapaces de sentir desde sus privilegiadas mansiones) se pagan extraordinariamente caras en tiempos difíciles.

líderesEn tiempos de crisis los jefes están constantemente bajo escrutinio. Los empleados, los clientes y el público en general no quitan ojo a quienes tienen la vitola de líderes (y es completamente normal que no lo hagan).

Lo que en los últimos años se fermentó como un debate en torno al cacareado propósito ha acabado metamorfoseándose de la noche a la mañana en una discusión de naturaleza mucho más práctica. ¿Es verdaderamente justo el comportamiento de los altos directivos de las empresas? ¿Predican realmente con el ejemplo los grandes líderes? ¿Son las compañías que lideran «buenas ciudadanas» en el plano corporativo?

El coronavirus ha acabado convirtiéndose en el mayor y más importante test de carácter para los altos ejecutivos en mucho tiempo. Y lo cierto es que no pocos jefes aprueban el test de marras, pero otros muchos no, asegura Bernd Ziesemer en un artículo para Capital.

Aquellos líderes que hacen lo que corresponde en estos momentos y aprueban el test de carácter con matrícula de honor son recompensados de manera casi instantánea por los suyos, por sus empleados. Cuando el consejo de administración de Beiersdorf, matriz de Nivea, decidió donar 50 millones de dólares para luchar contra la pandemia del COVID-19, la plantilla de la multinacional alemana respondió inmediatamente con un sonoro «gracias».

En cambio, los malos comportamientos de las empresas y de quienes están al timón de ellas incomodan en suma medida a los empleados (hasta provocarles incluso zozobra), y el público, coadyuvado por los medios, los castiga con severidad.

Algunos líderes buscan el carácter en sus entrañas y no lo encuentran

Fijemos, por ejemplo, la mirada en Adidas. Kasper Rorsted, CEO del célebre fabricante de artículos deportivos, desencadenó un auténtico vendaval de críticas cuando anunció su determinación de suspender durante el mes de abril el pago de los alquileres de las tiendas de Adidas. Acogotado por las críticas, Rorsted tuvo finalmente que recular y entonar el «mea culpa».

En tiempos de crisis se ponen asimismo en evidencia aquellos directivos que imponen jornadas reducidas a sus empleados, recortan el salario a su plantilla y llevan a cabo ERTEs sin considerar en ningún momento un eventual tijeretazo a sus propios y astronómicos emolumentos.

Mientras compañías como Mercedes-Benz o Lufthansa han optado por menguar temporalmente los generosos jornales de sus directivos, otras como Deutsche Bank aún le dan vueltas al asunto. A sus «jefazos» les parece un sacrificio casi «inhumano» renunciar a las sustanciosas primas con las que la entidad financiera les premia cada año.

En tiempos de coronavirus los altos ejecutivos de las grandes empresas deberían asimismo medir al milímetro las palabras que brotan de sus labios en público. Está bien que den voz a los intereses de las compañías que lideran, pero no pueden permitirse el lujo de ser sospechosos de dejar cadáveres por el camino.

La frialdad y la falta de empatía (esa que algunos ejecutivos son incapaces de sentir desde sus privilegiadas mansiones) se pagan extraordinariamente caras en estos difíciles momentos. Es hora de que los jefes se bajen del pedestal porque de lo contrario otros se encargarán de que sean apeados (probablemente a la fuerza) de allí, concluye Ziesemer.

 

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