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Adiós era de la información, hola era de la reputación

La era de la información pasó a mejor vida, la reputación la decapitó

Estamos dejando atrás la era de la información para embarcarnos en la era de la reputación, una era en la que la información tiene únicamente valor si ha sido previamente filtrada, comentada y evaluada por los demás.

reputaciónEn las actuales democracias liberales e hiperconectadas aflora una paradoja de la que no todos somos, sin embargo, conscientes: cuanta más información llega a nuestros ojos, más deudores somos de los juicios y las valoraciones de los demás a hora de poner etiquetas (positivas o negativas) a esa información.

Estamos asistiendo a un radical cambio de paradigma en nuestra relación con el conocimiento. Estamos dejando atrás la era de la información para embarcarnos en la era de la reputación, una era en la que la información tiene únicamente valor si ha sido previamente filtrada, comentada y evaluada por los demás.

La reputación se ha convertido en el pilar más importante sobre el que reposa la inteligencia colectiva en los tiempos que corren. Es ella quien ejerce de guardiana del conocimiento y las llaves de las puertas que conducen a ese conocimiento están en manos de los demás, señala Gloria Origgi en un artículo para Fast Company.

El particular modo en que el conocimiento fabrica su propia autoridad nos ha hecho extraordinariamente dependientes de los juicios inevitablemente parciales de otras personas (la mayor parte de las cuales ni siquiera conocemos).

Imaginémonos, por ejemplo, que nos preguntaran por qué creemos en el cambio climático y en sus perniciosos efectos sobre el planeta Tierra. Para responder a esta pregunta la mayor parte de nosotros nos escudaríamos en la confianza que nos inspiran las fuentes que utilizamos habitualmente para informarnos. Es decir, que si creemos a pies juntillas en el cambio climático no es tanto porque conozcamos de primera mano lo que los científicos tienen que decir sobre este tema sino porque nos encomendamos (totalmente a ciegas) a la confianza que los medios tienen a bien depositar en tales científicos (cuyas teorías no nos hemos tomado jamás la molestia de analizar).

El cambio de paradigma al que nos aboca la nueva era de la reputación resulta de una importancia absolutamente crucial a la hora de defendernos de las “fake news” y otras técnicas de desinformación lamentablemente comunes en las sociedades contemporáneas.

En lo que un ciudadano maduro de la nueva era digital debería ser realmente competente no es en la detección y la posterior confirmación de la veracidad de la información. Debería ser competente sobre todo y ante todo a la hora de reconstruir el “sendero reputacional” por el que transitan las informaciones en las que el ciudadano decide posar sus ojos. El ciudadano debe estar presto a evaluar las intenciones de quienes diseminan la información y a averiguar los motivos ocultos (si los hay) que hay detrás de la difusión de la información en cuestión (cuya credibilidad se vería en este caso claramente cercenada).

Cada vez que nos enfrentemos a la decisión de aceptar o rechazar una nueva información, deberíamos responder a las siguientes preguntas: ¿De dónde viene la información? ¿Tiene buena reputación la fuente? ¿Qué autoridades dan pábulo a la información? ¿Cuáles son las razones que aducimos para diferir en cuanto a opinión de tales autoridades?

En el sistema hiperespecializado al que está circunscrita actualmente la producción del conocimiento no tiene sentido realmente tratar de verificar de manera directa la confiabilidad de la información.

Sería, por ejemplo, totalmente huérfano de sentido que nos pusiéramos a investigar por nuestra propia cuenta y riesgo la posible correlación entre las vacunas y el autismo. Sería una pérdida de tiempo y probablemente nuestras conclusiones poco o nada tendrían de ciertas.

En la era de la información nuestras valoraciones críticas deberían estar dirigidas no tanto al contenido de la información con a la red de relaciones (posiblemente interesadas) que han dado forma al contenido.

Un “cibermundo” realmente civilizado será aquel conformado por personas capaces de evaluar de manera crítica la reputación de las fuentes informativas y de empoderar su conocimiento aprendiendo a medir adecuadamente todas y cada una de las informaciones que luchan por abrirse paso en su espacio cognitivo, concluye Origgi.

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