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El consumismo textil y sus horripilantes consecuencias

Lo que el "fast fashion" esconde es una vergonzosa locura (humana y medioambiental)

Lo que el "fast fashion" esconde es una vergonzosa locura (humana y medioambiental)Hay fábricas vietnamitas que fabrican al día la friolera de 11.000 tejanos. Costureras que trabajan doce horas al día y cuya jornada laboral se extiende los siete días de la semana. Y también empleadas de fábricas textiles que no cobran por horas sino por prendas confeccionadas y que renuncian deliberadamente a todo tipo de descanso y toleran insoportables dolores de espalda con tal de llevar algo de dinero al hogar. Estas son sólo tres de las estremecedoras conclusiones que uno extrae tras la lectura del libro Leute machen Kleider – Eine Reise durch die globale Textilindustrie (La gente hace ropa – Un viaje a la industria textil global) que la escritora Imke Müller-Hellmann acaba de publicar en su Alemania natal.

Para escribir su libro Müller-Hellmann ha viajado por todos los rincones del planeta, pero el lugar que ha dejado una huella más profunda en sus retinas (ya curadas de espanto) ha sido el río Buriganga de Bangladesh. En las inmediaciones de este río, uno de los más contaminados del mundo, hay entre 3.000 y 4.000 fábricas textiles y muchas de ellas vierten sin contemplaciones sus aguas residuales al Buriganga. Sus aguas son de color negro y están además llenas hasta los topes de plásticos. En las orillas del río se concentran metros y metros de residuos y en esas montañas de basura viven, para más inri, miles de personas.

Lo que el "fast fashion" esconde es una vergonzosa locura (humana y medioambiental)

Quienes trabajan en las fábricas textiles del Buriganga (la mayoría emplazadas en las proximidades de la ciudad de Daca) desempeñan labores sumamente monótonas. Muy a menudo las costureras que allí trabajan tienen un único turno de trabajo de entre diez y doce horas y disfrutan (las más afortunadas) de un único día libre a la semana.

Aun así, y pese a lo deplorables que son las condiciones laborales en muchas fábricas textiles afincadas en Asia, hay trabajadoras que se sienten hasta cierto punto orgullosas de sus maratonianas (e inhumanas) jornadas laborales. “Me entristece que en China haya, por ejemplo, empleadas que se vanaglorien de confeccionar 300 shorts a la hora sin hacer ningún tipo de pausa, aunque están autorizadas a hacer paréntesis de diez minutos cada dos horas”, explica Müller-Hellmann en una entrevista concedida a Spiegel.

En su libro Müller-Hellmann pone en la picota a unas cuantas marcas, las que se esconden detrás de las fábricas que la escritora se ha tomado la molestia de visitar en Asia. Sin embargo, la mayoría, cuando se les pregunta directamente por las condiciones laborales de las fábricas de sus proveedores en el continente asiático, echa balones fuera.

Müller-Hellmann relata, por ejemplo, que el director general de Nassa Group (un fabricante textil que trabaja en Daca para Carrefour, Zara, H&M y otras muchas firmas textiles) no dudó en manosearla durante un encuentro que la escritora mantuvo con él. Si el directivo se atrevió a propasarse con ella, ¿qué no será capaz de hacer con las empleadas de sus fábricas?, se pregunta la autora de Leute machen Kleider – Eine Reise durch die globale Textilindustrie.

Lo que el "fast fashion" esconde es una vergonzosa locura (humana y medioambiental)

Otra marca que no sale demasiado bien parada en el libro de Müller-Hellmann es la marca especializada en ropa “outdoor” Jack Wolfskin, que en Vietnam pone deliberadamente la zancadilla a los intentos de la Fair Wear Foundation por mejorar las condiciones laborales de las fábricas textiles allí asentadas. Aun así, al ser preguntada por sus cuestionables prácticas laborales en Vietnam, la firma alemana da la callada por respuesta (como también la da Benetton).

Está claro que en torno al “fast fashion” hay una vergonzosa locura que afecta directamente no sólo a las personas sino también al medio ambiente. ¿Cuál es entonces la solución? ¿Deberían los consumidores hacer boicot a las prendas oriundas, por ejemplo, de Bangladesh?

“El boicot a las camisetas procedentes de Bangladesh no es en modo alguno la solución. El 80% de las mercancías exportadas desde Bangladesh son productos textiles. Con un boicot estaríamos despojando a muchas personas de su única vía de subsistencia. En su lugar deberíamos presionar a las marcas que están detrás de las fábricas que operan en Bangladesh para mejorar las condiciones laborales en tales fábricas”, subraya Müller-Hellmann.

Lo que está claro es que si las grandes empresas textiles siguen poniendo los beneficios por delante de las personas y del medio ambiente, se divisa en el horizonte un futuro de lo más tenebroso para nuestro planeta, concluye la autora.

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