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Por qué los marketeros, los medios (y todos en general) somos un poco como Donald Trump

donaldBienvenidos a la era del post-realismo, aseguran hoy algunos en las redes sociales. Que esa oda a lo chabacano y lo soez que es Donald Trump sea el nuevo presidente de Estados Unidos tiene desde luego muchísimo de post-real. No nos engañemos de todas formas. Ese post-realismo encarnado por Trump que tanto nos arredra se llama en realidad populismo y ese populismo lo practicamos todos, absolutamente todos, en mayor o menor medida.

Cuando hablamos de populismo (algo que en los últimos tiempos está para bien y para mal en boca de todos), es para referirnos al populismo de los demás. Cuando nos tomamos la molestia de denunciar la intolerancia, esquivamos adrede al intolerante que (quizás) que todos llevamos dentro. Y cuando nos asombramos de la increíble facilidad con la que se dejan manipular algunas personas, nos excluimos deliberadamente de la masa manipulable que hay ahí fuera, escribe Frank Zimmer en un artículo para W&V. Nos encanta ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio, pero nadie es en los tiempos que corren inmune al virus del populismo personificado por el nuevo presidente de los Estados Unidos.

No es desde luego un pensamiento agradable, pero ¿no somos todos un poco como el aborrecido Donald Trump? ¿No es acaso la industria publicitaria el epítome del post-realismo (y por ende, del populismo)?

Por mucho que algunos juren y perjuren que la publicidad está obligada a informar de manera transparente al consumidor, lo cierto que los publicitarios no “cocinan” los anuncios con hechos, con realidades, sino con emociones puras y duras, de la misma manera que Trump ha construido su campaña electoral sobre los cimientos del ancestral miedo a lo diferente y a lo desconocido (y no sobre datos contantes y sonantes).

Otros que se dejan también muy a menudo los hechos en el tintero son los medios de comunicación, que necesitan emociones para subsistir y las atizan como nadie. Es lo que quiere, al fin y al cabo, gran parte de su público.

De todos modos, los medios no son ni mucho menos los únicos culpables de un histrión del calibre de Donald Trump se convierta el próximo mes de enero en el nuevo inquilino de la Casa Blanca, dice Zimmer.

Estamos en el año 2016 y todos, absolutamente todos, somos “medios”. Leemos, hacemos clic, comentamos, publicamos y, con la connivencia de las redes sociales, somos muy a menudo tan o más populistas que el mismísimo Trump.

En nuestro afán por conseguir más “likes” y más seguidores nos gusta disfrazar de lo que no es el contenido que compartimos en la Web Social, donde somos sobre todo y ante todo maestros de los “teasers”.

Nuestra creencias políticas están teñidas en la nueva era 2.0 de superficialidad. Y cuando nos topamos en las redes sociales con opiniones que difieren de las nuestras nos mostramos más bien intolerantes. Vivimos cómodamente instalados en nuestro “filtro burbuja” y nos gusta que nos saquen de allí para oír cosas que no están en sintonía con nuestras propias (y frívolas) opiniones.

Nos encantan las buenas historias, pero no nos tomamos la molestia de leer ningún programa político. Quizás, sólo quizás, no seamos mejores ni estemos mejor informados que los jubilados estadounidenses de raza blanca que han votado masivamente por Trump. Tal vez todos tengamos un clon (en miniatura) de Donald Trump agazapado en nuestras entrañas, concluye Zimmer.

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