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El marketing del sablazo o cómo cobrar un suplemento del 10% a los turistas (por la cara)

sablazoDurante los últimos dos años el valor del rublo se ha contraído de manera dramática. Y lo que es una mala noticia para los ciudadanos del país presidido por Vladimir Putin es, sin embargo, una buena nueva para los turistas, a los que los viajes a Rusia les sangran ahora bastante menos el bolsillo que antes.

Una ciudad que goza habitualmente de muchísima popularidad entre los turistas que deciden poner rumbo al país de los zares es San Petersburgo. Sólo durante el año pasado aproximadamente 3 millones de turistas extranjeros visitaron la denominada Venecia del Norte.

Sin embargo, y en vista de que San Petersburgo está cada vez más lleno de turistas y que, por culpa del debilitado rublo, estos no dejan ya en la ciudad tanto dinero como antes, algunos avispados negocios locales están haciendo suyo el marketing del “sablazo” o lo que es lo mismo, cobrando de más a los turistas extranjeros por el mero hecho de no ser oriundos del país de León Tolstói y Antón Chéjov.

Es el caso, por ejemplo, de cadena de cafeterías Shastje (“suerte” en español), que tiene la osadía de cobrar un recargo del 10% a todos los turistas extranjeros (incautos) que se aventuran en sus establecimientos.

En la carta de Schastje no se indica en ningún momento que existe este a todas luces injustificado suplemento, pero los camareros, forzados por la dirección de la cadena, se lo cobran igualmente disfrazándolo de “suplemento de servicio”.

Schastje llevaría aplicando este recargo a los turistas desde finales de 2015, pero no ha sido hasta ahora, gracias a una investigación de los diarios económicos RBK y Wedomosti, que ha salido a la luz pública.

A juicio la asociación hostelera rusa, la “triquiñuela” utilizada por Schastje para cobrar de más a los turistas extranjeros, contraviene claramente la legislación rusa vigente.

De todos modos, lo de aprovecharse de los turistas para vaciarles los bolsillos no es ni muchísimo algo menos nuevo en Rusia. De hecho, es una práctica muy común en los museos estatales. A un turista extranjero un ticket de un día para visitar el famosísimo Museo del Hermitage le cuesta, por ejemplo, 18 dólares, mientras que un ruso paga sólo 9 dólares.

 

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