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Por qué para innovar hay que ser un rebelde sin causa (y con causa)

rebeldeLa curiosidad no siempre es valorada en su justa medida. Y eso que todos, absolutamente todos, deberíamos tener la obligación moral de ser curiosos (aunque sólo sea un poco). La ausencia de curiosidad no sólo denota cierta pereza intelectual sino también cierto desdén por los hechos (reales). Si no nos interesa conocer la verdad, ¿estamos de verdad en condiciones de proclamar a las cuatro vientos nuestra (supuesta) moralidad?

Sin embargo, la curiosidad no es sólo una obligación moral, es también un acto de rebelión y requiere en este sentido valentía (de tipo de moral).

La innovación, esa que tan a la desesperada buscan los marketeros en todo lo que hacen, no puede existir sin la curiosidad a su vera y sin innovación el marketing no tiene en realidad razón de ser.

Se curioso implica rechazar explicaciones que existían de antemano para ir busca de explicaciones nuevas. Por su propia naturaleza, la curiosidad significa libertad (e independencia) de mente.

La curiosidad implica ser escéptico con las explicaciones e ideas propugnadas por otros (también si los otros son líderes políticos, económicos y sociales). La rebelión asociada a la curiosidad (y por ende, a la innovación) socava inevitablemente el orden social, pero ejercer un poco de presión sobre ese orden social no es necesariamente malo. Y lo es porque sin una pizca de rebelión es imposible alentar el cambio.

Si la curiosidad es un acto de rebelión, la falta de curiosidad es un acto de sumisión. Cuando nos quedamos huérfanos de curiosidad, aceptamos sin inmutarnos las explicaciones y las ideas de los demás y no nos atrevemos a ponerlas en tela de juicio, explica Don Peppers en un artículo para Inc.

A lo largo de la historia los poderes fácticos han tratado siempre de “ahogar” la curiosidad de la gente y los han hecho supuestamente en aras del bien común.

Las creencias compartidas (y no discutidas) son el “pegamento” que mantiene unidas a las personas en la sociedad. Y por eso la curiosidad, la rebelión es también de alguna manera “antisocial”.

Aun así, y pese a su naturaleza “antisocial”, la curiosidad es la que hace posible la innovación. Si Copérnico no se hubiera atrevido allá por el siglo XV a rebelarse contra la falsa creencia de que la Tierra giraba alrededor del Sol (y no al revés), seguiríamos quizás engañados. Si Apple no se hubiera rebelado en 2007 contra los típicos teléfonos móviles provistos de teclado, los hoy omnipresentes smartphones no existirían.

¿La moraleja? Hay que ser curioso, rebelde y atreverse a alejarse por un momento de la multitud (y de sus verdades aparentemente inmutables).

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