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Las historias embarazosas hacen más copiosas las lluvias de ideas

¿Quiere que le lluevan las ideas en las sesiones de brainstorming? Haga (un poco) el ridículo

Fue Alex Osborn, un famoso publicitario de los años 60, quien acuñó por primera vez el término (hoy quizás demasiado "manoseado") de brainstorming. Osborn creía de manera absolutamente apasionada en la capacidad de los equipos para generar ideas brillantes siempre y cuando sus miembros tuvieran a bien seguir cuatro reglas muy sencillas: compartir con el grupo cualquier idea que se les pasara por la cabeza, apoyarse en las ideas de los demás, evitar las críticas y poner el acento no tanto en calidad como en la cantidad.

Posteriormente la ciencia corroboró que el bueno de Osborn estaba efectivamente en lo cierto y que a los grupos que se atienen a estas cuatro reglas se les enciende más la bombilla que a los que deciden prescindir de ellas.

Está claro que el brainstorming, ejecutado a rajatabla y sin dejar fuera ninguna de las cuatro reglas que lo vertebran, es oro puro en términos creativos. Pero, ¿y si a esas cuatro reglas añadiéramos una quinta? Todo apunta a que la lluvia de ideas, lejos de arreciar, se intensifica.

Así lo concluye al menos un reciente estudio publicado por Harvard Business Review. La hipótesis barajada por sus autores (Leigh Thompson, Elizabeth Wilson y Brian Lucas) es que, forzados a contar historias deliberadamente embarazosas, los participantes en las sesiones de brainstorming pueden multiplicar su creatividad.

Para corroborar esta hipótesis, los autores de la investigación llevaron a cabo un primer experimento en el que reunieron a dos grupos distintos. A los miembros del primer grupo les solicitaron que compartieran de manera individual una experiencia particularmente embarazosa que hubieran vivido en el transcurso de los últimos seis meses. Y a los miembros del segundo grupo les pidieron (también individualmente) que hablaran de un momento específico en que se hubieran sentido orgullosos de algo.

A continuación, a los integrantes de ambos grupos se les citó individualmente para que invirtieran 10 minutos pensando en los posibles nuevos usos de un clip de papel.

¿La conclusión? Que tanto en términos de fluidez (el número de ideas generadas) como en términos de flexibilidad (los distintos tipos de ideas generadas), los miembros del primer grupo batieron claramente a los del segundo. Mientras el primer grupo obtuvo una puntuación de 7,4 puntos en fluidez y de 5,5 puntos en flexibilidad, el segundo se tuvo que conformar con 5,843 y 4,568 puntos respectivamente.

En un segundo experimento los autores del estudio introdujeron la variable de las historias embarazosas en varios grupos (dejando a un lado el rendimiento creativo a nivel individual). A la mitad de los grupos, integrados cada uno de ellos por tres personas, se les encomendó que como ejercicio de calentamiento previo al brainstorming contaran historias que hubieran conseguido ruborizarles en los últimos seis y en la que, para más inri, estuvieran involucrados personalmente. A la otra mitad se les dio, por el contrario, la consigna de compartir historias con el orgullo personal como hilo conductor.

Tras estos dos posibles ejercicios de calentamiento, unos y otros grupos tuvieron que enfrentarse a idéntico reto: dar con nuevas ideas para utilizar una simple caja de cartón durante un espacio de 10 minutos.

Utilizando los mismos criterios que en el experimento anterior, los grupos cuyos miembros tuvieron que compartir historias embarazosas con las demás generaron un 26% más ideas que los otros grupos. Tales ideas resultaron ser además un 16% más flexibles que las de los grupos que tuvieron que utilizar el orgullo personal a modo de “entrenamiento”.

Puede que resulte incómodo y hasta degradante, pero lo cierto es los grupos cuyos miembros deciden humillarse en público tienen más “feeling” con la creatividad que aquellos que se esfuerzan por impresionar a los demás (y piensan sólo en inflar su propio ego).

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