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"Sharing economy": ¿ángel o demonio?

sharing economyLa denominada "sharing economy" o economía colaborativa camina con un objetivo en mente: lograr un mundo mejor y más eficiente. Consciente de que los recursos de la madre naturaleza son cada vez más escasos, aquellos, cada más numerosos, por cierto, que enarbolan con orgullo la bandera de la "sharing economy", luchan por un uso mucho más sensato de esos recursos.

A través de la democrática de red de redes, argumentan los defensores de economía colaborativa, es posible acceder a un sinfín de cosas sin ser necesariamente propietario de ellas. "Sharing is caring" es el grito de guerra de la economía colaborativa, una economía colaborativa que gracias al arrebatador poder de internet está echando raíces cada vez en más consumidores.

Pero, ¿qué es realmente la “sharing economy”? ¿Cómo deben adaptarse las grandes empresas a la nueva realidad que se dibuja en el horizonte de la economía y la sociedad en general? Para responder a esta y otras pregunta la televisión pública alemana ARD ha emitido recientemente el reportaje “Schöne neue Welt: Der Preis” (Nuevo y bonito mundo: el precio de compartir), en el que pone la lupa sobre la tan cacareada economía colaborativa.

La “sharing economy” y quienes la defienden, pertrechados en muchos casos por miles y miles de millones de dólares, luchan por derribar las a su juicio antediluvianas leyes por las que se rige el mundo actual y también por reemplazar una democracia que hace aguas por todas partes por una democracia de verdad.

Condición sine qua non para que la economía colaborativa salga adelante son, sin embargo, las mismas cosas que tanto repudian sus más firmes defensores: la propiedad y la capacidad de pago. Sólo quien es propietario de una casa o de un coche puede permitirse el lujo de compartirlos. Sólo quien tiene suficiente dinero para pagar una casa o un coche compartido, puede acceder a este tipo de servicios.

Aun así, y pese a las contradicciones que esconde en sus entrañas la economía colaborativa, ésta tiene cada vez más defensores y muchos de ellos tienen la cartera muy abultada. Es el caso del multimillonario Peter Thiel, que invierte con entusiasmo (y la generosidad que le permiten sus voluminosas arcas) en la “sharing economy”. “Creo firmemente en que la consecución de un mundo mejor pasa más por la tecnología que por la política”, dice.

La analista de datos Yvonne Hofstätter describe la economía colaborativa como una fuerza destructora tremendamente progresista en su poder demoledor. La “sharing economy” es tan disruptiva como positiva, pero hay en ella un peligro agazapado: la pérdida de la esfera privada del individuo. “Nuestros datos personales son analizados constantemente y en base a ellos se crean correlaciones. Estamos totalmente desnudos desde el punto de vista privacidad”, recalca Hofstätter.

Aun así, a ojos del economista norteamericano Jeremy Rifkin la total transparencia y la muerte de la propiedad privada que traerá consigo la economía colaborativa no es ni mucho menos una pesadilla sino más bien un sueño hecho realidad. Al fin y al cabo, la apertura que propugna la “sharing economy” está grabada a fuego en el ADN del ser humano. “Durante mucho tiempo los seres humanos durmieron en habitaciones comunes donde el contacto humano era constante. Los seres humanos, como buenos mamíferos, están acostumbrados a compartir”, explica Rifkin.

Mucho más crítico con la economía colaborativa se muestra, no obstante, el escritor e investigador bielorruso Evgeny Morozov. El peligro de la “sharing economy” no está tanto en la transparencia de todos y cada uno de los secretos íntimos de las personas sino en la falta de tiempo para tener siquiera secretos íntimos.

Desde el punto de vista del experto digital Sascha Lobo la a priori benigna economía colaborativa esconde una grave amenaza: que en ella los que llevan la voz cantante, los que controlan los datos de las personas son pequeñas élites acaudaladas. “Silicon Valley tiene un importante problema de fondo: que mucha de la fuerza disruptiva salida de sus entrañas termina convirtiéndose en fuerza destructora que no sólo no va en beneficio de la sociedad sino que socava sus cimientos”, indica Lobo.

El vicecanciller alemán Sigmar Gabriel está convencido, por su parte, de que la “sharing economy” es un “modelo capitalista hasta la médula en el que todas y cada una de las emociones humanas son aprovechables”.

Tampoco se muerde la lengua a la hora de juzgar a la economía colaborativa el informátio y matemático Jaromn Lanier, que asegura que la “sharing economy” es en realidad antónimo de libertad. Lanier va más allá y pone a la economía colaborativa el adjetivo de “falsa”. “La economía colaborativa no sólo no tiene nada de altruista sino que es un auténtico timo”, apostilla.

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