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Apostar siempre por la lógica es en realidad ilógico

¡Viva lo ilógico! Por qué en tiempos de crisis las marcas deben poner los cuernos a la razón

Ahora que la crisis del coronavirus nos ha sacado de nuestra zona de confort, llega el momento de reinventarnos y hacerlo enarbolando la bandera de lo ilógico.

ilógico

Autor de la imagen: Rui Palma

Platón y su discípulo Aristóteles inocularon hace ya 2.500 años la lógica en nuestro pensamiento. Relaciones a bote inaprehensibles pudieron de pronto ser descifradas al 100%. La raza humana cogió velocidad (absolutamente vertiginosa) y alumbró cosas absolutamente increíbles. Y todo gracias a la razón.

El desarrollo de nuestro mundo hubiera sido del todo inconcebible sin los modelos lógicos de pensamiento a nuestra vera. Y espoleada por su fragorosa marcha triunfal, la razón acabó convirtiéndose en la máxima autoridad a la hora de tomar decisiones, explica Frank Dopheide en un artículo para Meedia.

Por esta razón lo lógico acabo convirtiéndose también  en el peor enemigo de lo ilógico en el mundo de los negocios. Quienes se sientan en los sillones de "mandamases" actúan en base a la lógica. La creatividad y la imaginación están totalmente en segundo plano. Al fin y al cabo, a nadie le ponen de patitas en la calle por cobijarse a la beatífica sombra de la razón en sus decisiones.

La lógica ha terminado por lavar el cerebro a todos quienes tienen la vitola de jefes (que son, por otra parte, absolutamente clónicos). ¿El resultado? Todos caminan en la misma dirección. La uniformidad de pensamiento se hace particularmente palpable en tiempos de crisis. Cuando la gente está más necesitada que nunca soluciones únicas y genuinas, todo el mundo se aferra a la misma (y soporífera) solución.

El mayor error que hay solapado a este malentendido absolutamente monumental es que la razón es supuestamente la única senda que conduce al éxito. Pero si todo el mundo utiliza el mismo GPS para encaminarse al futuro, el atasco es inevitable (y está de hecho, programado con antelación).

La razón suele traducirse en más de lo mismo (algo absolutamente abominable en tiempos de crisis)

Un amplísima cohorte de consultores (supuestamente muy sabios) celebran el análisis, la división del todo en unidades microscópicas para poder optimizar así el futuro hasta el más mínimo detalle. Y todo ello genera eficiencia (de eso no hay duda), pero no pone nada nuevo sobre la mesa.

Entonces miramos en el espejo retrovisor y nos damos cuenta de que el género humano no ha inventado nada verdaderamente rompedor desde hace más de cien años.

Los grandes inventos que han definido nuestra era (el automóvil, la aspirina, las bolsitas de té o el pan de molde) portan ya más de un siglo sobre sus espaldas.

Ahora que la crisis del coronavirus nos ha sacado de nuestra zona de confort y nos ha atrapado en un aparente callejón sin salido, llega el momento de reinventarnos y hacerlo enarbolando la bandera de lo ilógico.

No se trata ni mucho menos de echar abajo la razón. Se trata más bien de otorgar a lo ilógico el derecho de existir.

En realidad es extraordinariamente complejo y errático tomar decisiones jugándoselo todo a la carta de la razón. Incluso la industria financiera acabó apartándose del modelo Homo Oeconomicus, un modelo teórico que se diluía como un azucarillo en el mundo real. Quizás, solo quizás, las hojas de Excel fueron un invento del diablo.

Deberíamos regresar a los brazos de la madre de todas las leyes naturales: la mutación. El desarrollo de nuestro mundo fue posible gracias a los imprevisibles saltos en el universo de la genética. Y también los inventos más geniales nacieron del vientre de lo imprevisible, del error, de la pura coincidencia y del disparate más loco.

Si la lógica se queda encasquillada, lo ilógico acabará engendrando alguna solución. Y lo hará, porque zafándonos de la razón, nuestra imaginación se ensancha hasta el infinito y más allá y agudizamos nuestra capacidad de inventiva.

Además, lo aparentemente ilógico no tiene por qué ser huérfano de utilidad. Todo lo contrario. Cuando lo ilógico haya apartado (aunque sea momentáneamente) a la razón del timón, sabremos que hemos tomado por fin la senda del futuro, concluye Dopheide.

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